lunes, 25 de septiembre de 2017

Los pasos orgullosos de Rose, como debió prever, no tardaron mucho en ser interrumpidos por un par de hombres que desconocía por completo. Al igual que Akai, no eran individuos que parecieran trabajar en el local. Tenían un aspecto amenazante al igual que aquel muchacho, con la diferencia de que estos eran muy, muy japoneses. Uno de ellos tenía la cabeza rapada y era casi igual de ancho que el armario en el que Rose guardaba su ropa. Ambos, en sus chaquetas de colores llamativos, llevaban un pin cada uno con el mismo kanji -Vuelva a la mesa, señorita- dijo con intento de respetuosidad aquel individuo rapado, aunque no le salía de forma natural. Rose se negó en rotundo y pidió que la dejaran pasar. Le ardía el pecho por el sake -Se lo pido por favor señorita. No me haga llevarla en brazos- ante semejante afirmación, se mantuvo firme, seria, pero reflexiva. Dio un paso atrás, resopló con amargura y se dirigió despacio hacia la mesa donde Akai estaba con aquel hombre de madura edad, sin dejar de ser seguida por esos dos gorilas. Cuando llegó donde los hombres, se encontró con que ambos estaban riendo con alegría, tomando un nuevo vaso de sake, aunque aquel hombre maduro lo bebía en el tradicional platito de pequeño tamaño. Además, no pudo evitar observar que a pesar de la escena, no había absolutamente nadie que los mirara. Ni la más pequeña mirada curiosa los recorría. Era como si no existieran, o como si el resto de la clientela pretendieran hacer que no existían ¿Por qué?
-Ah, Rose- sonrió amablemente el hombre -Por favor, siéntate- la chica se mantenía seria
-Rose- añadió Akai, mirándola con emergencia -Obedece. Siéntate- fue extraño. No fue una orden. Fue una suerte de súplica. Ante aquella extraña reacción la chica se sentó junto al extraño, tal y como le pedía
-Eso es- le mostró la tarjeta que anteriormente le dio a Akai -¿Esto lo has hecho tú?- le dio la vuelta y enseñó el dibujo -Permíteme decirte que, aunque se nota que está hecho de forma apresurada y con cierta pereza, se nota que tienes talento. Es un simple dibujito, pero es entrañable- sonreía con una dulzura atípica
-Él es Kurama Shohei- lo presentó Akai
-Patriarca de la familia Kurama, del Clan Ryu- dijo él, adelantándose a Akai -Sé presentarme solo, hijo- se mantuvo risueño
-Disculpa- apartó un poco la mirada y dio un sorbo de sake. Rose no terminaba de entrever de qué iba todo eso de la familia y el clan, pero de entre todo lo que había leido por internet. Las pintas de ese hombre, ese comportamiento despreocupado, la forma en que deliveradamente eran ignorados y esos guardaespaldas que traía consigo, así como las insignias en las chaquetas de aquellos hombres...
-Mírala, casi como una gatita ante el más temible de los leones- rió divertido Kurama -Tranquila. No estás en peligro- Rose no supo qué decir, no supo qué añadir ¿Eran la mafia japonesa?
-Se dicen muchas cosas de la yakuza, pero la mayoría no es cierta. No del todo. No al menos de la forma en que se cuenta- alegó Akai, confirmando los pensamientos de la chica
-Mi hijo tiene razón. No temas. No pasa nada. Pasaremos por alto ese comportamiento airado de antes- ¿Hijo? ¿Estaba diciendo que ese muchacho, tan extranjero como ella, era su hijo? -Oh, así es. Es mi hijo-
-Kurama Akai. Ya nos presentamos en Nanami- asintió Akai a Rose, que seguía sorprendida
-Espera ¿Nanami?- Kurama la miró -¿Trabajabas allí?- Rose asintió -Entonces... ¿Viste lo que ocurrió?- volvió a asentir y Kurama miró a Akai
-Precisamente porque lo vio, padre, puede asegurar que no maté a ese hombre- ¿¡Matar!? -¿Verdad, Rose?- la chica se hubiese levantado ipso facto y se hubiese ido cagando leches de no ser porque esos dos matones yakuza enormes seguían de pie vigilando que nadie se les acercara, con la pinta más sospechosa del mundo. La realidad la estaba golpeando desde todas las partes posibles. Estaba trabajando en un club hostess, chicas de compañía, anfitrionas, propiedad de la yakuza japonesa. De entre todos los barrizales de mierda en los que se podía haber metido, había acabado en el más grande, apestoso y cenagoso ¡Y no era todo! No contenta con trabajar para la yakuza de forma indirecta ¡Su casi primer cliente era el patriarca de una familia!
-Rose- una mano dura, pero cálida y amable, tomó la suya. Era Kurama, Shohei -Escúchame cielo- terció el hombre con toda la calma que poseía, que era mucha -Puedo entender por un instante que estés asustada. Se te ve. Eres como un librillo abierto, pero no temas ¿De acuerdo? Estamos aquí en calidad de clientes, para pasar el rato. Ha dado la casualidad de que mi hijo estaba aquí cuando he llegado y me ha hablado de ti hasta que has salido maldiciendo los cielos- sonrió galante -Sólo estás aquí para conocernos mejor. Puedes hablar con total tranquilidad- ante aquellas palabras, Rose rompió en una risilla nerviosa. Hablar con tranquilidad a un patriarca yakuza era tan difícil como escalar el Fuji sin pies ni manos -El Fuji eh... ¿Te gusta? Lo dibujaste y ahora hablas de él- Rose lo confirmó -Yo también. Adoro ese lugar. Su simple visionado desde la distancia es tan señorial. Es el verdadero gobernador de este país- ante aquellas reflexiones la chica parecía calmarse. Kurama Shohei no parecía un mal hombre en absoluto, ni era tan molesto como Akai, aunque claro estaba, aquello era personal. El patriarca sin embargo se mostraba cercano y amable como el más cariñoso de los amigos. Daba gusto oirle hablar. Su voz grave y melodiosa. La elegancia que supuraba cada gesto que hacía. Era incluso atractivo con la edad de 50 y algo años que debía tener y aún siendo japonés. Era todo un caballero y por ello, tenía un magnetismo sobrenatural -Quiero preguntarte algo Rose. Algo sobre lo que dijiste antes. Me dejaste muy picado en la curiosidad- dio un sorbo de sake. La chica escuchaba atentamente. No podía evitar no obstante denotar que Akai estaba extrañamente callado y apartado de la conversación. Al parecer, en presencia de Shohei, se empequeñecía como las sombras cuando llega la luz -Antes dijiste que japón no es lo que era- afiló la mirada -¿Qué era antes japón para ti, Rose?- respeto, contestó la chica forma primordial. Respeto, calidez, cercanía. Un lugar idílico aparentemente, donde la educación era inigualable y donde los complejos raciales no eran ni tan remotamente visibles como en Estados Unidos, de donde ella provenía. La delincuencia era algo nimio, minoritario y el bienestar de la ciudadanía era lo principal. Ante aquellas palabras, Shohei la observaba con intensidad, reflexivo. Se llevó un cigarro a la boca. La respuesta de Rose de encendérselo fue instintiva por un momento, como si se muriese de ganas por hacerlo, por satisfacerle. Esa mirada le atravesaba el alma -Un entendimiento admirable, aunque quizá esa visión de japón o de cualquier otra nación en el mundo resulta un tanto utópica ¿No crees?- Rose bajó ligeramente la mirada y reflexionó sobre ello. Si lo pensaba detenidamente, sabía que si japón realmente fuese así ¿Qué haría nadie viviendo fuera de el mismísimo paraiso? Debía suponer que simplemente no tener la suerte de haber nacido japonesa era suficiente para no poder disfrutar de todas las virtudes del país, aunque a veces, parecía que ni para los mismos nipones estaban disponibles toda clase de ventajas -Aún así...- dio una gran calada al cigarro para luego exhalar el humo, reflexivo -Me resulta tremendamente halagador y atractivo, por parte de una chica como tú, que tengas una visión tan agradable de mi tierra- Rose sonrió y agradeció esos pensamientos
-Jefe, Shido al teléfono- dijo el grandullón rapado
-Ahora no, Osamu-
-Dice que es urgente, señor- Shohei frunció el ceño de tal forma que Rose presenció cómo su frente parecía ser un mural que se rompía en pedazos -Es sobre... los cuerpos- Rose se tensó
-Está bien- Shohei y Akai se pusieron en pie ipso factos -Di que vamos al cuartel-
-Hai- el hombre se apartó hablando por el móvil
-Rose, mucho me temo que nuestra velada ha de terminar antes de lo planeado- volvió a sonreir -Pero descuida. Volveré. Y esperaré a que estés disponible para volver a tener una agradable charla con una mujer tan dulce como tú- inclinó ligeramente la cabeza ante la chica -Siempre y cuando estés a gusto con mi compañía, claro- Rose contestó rápidamente a aquel gesto con una compuesta reverencia y, por supuesto, aceptó a Kurama Shohei como cliente con gusto. Era un buen hombre, pese a clamarse a sí mismo un yakuza. Agradable e interesante, cuanto menos -Me alegra oirlo. Buenas noches Rose- metió una mano en la chaqueta y extrajo un fajo de billetes que depositó sobre un platito sobre la mano de Rose. La chica sintió el peso en la mano. Al menos debía haber 50.000 yenes. La chica se sorprendió. Alegó que, según Akai, al ser dueños del local no pagaban las consumiciones y ese sake no valía tantísimo -Ah, dulce Rose- le puso una fuerte mano en el hombro -Todo es para ti. Disfrútalo hasta que nos volvamos a ver, no será muy tarde. Disculpa, una vez más, interrumpir la sesión de esta forma- dicho eso, Shohei tomó camino junto a los guardaespaldas yakuza
-Es un alivio ver que no se tomó a mal esos aires con los que apareciste- Akai tenía las manos en los bolsillos, despreocupado, aunque en sus ojos se veía algo afligido -Imagino que cobrarías mucho menos en Nanami y menos todo eso en una noche. Recuerda que estás aquí porque te "jodí el trajabo"- suspiró -De nada- echó a caminar -Buenas noches Rose- y desaparecieron del local. Rose tenía la sensación, sin embargo, de que de pronto había dejado de ser invisible y era un simple punto de mira pidiendo a gritos ser devorada por perras celosas.

-¿Estáis de coña o qué?- las manos del jefe de policía Yagami se tensaron sobre la mesa. Era un hombre de mediana edad, cerca de los 60. Alguna que otra cana peinaba sus sienes. Los ojos se le veían cargados, cansados. Le dolía la cabeza de darle vueltas al asunto. En apenas una semana la paz en japón se estaba preparando para irse a la mierda y no lo podía permitir, como jefe de la policía de Tokio -¿Realmente esperais a que todo fluya como si fuese agua de río? ¿Os estáis dando cuenta de la situación en la que estamos?-
-Cálmate Yagami- terció un compañero. El jefe de Saitama, Yokohama y Sagamihara se habían reunido para tratar el asunto -Lo resolveremos antes de lo que crees-
-¡No se trata de resorverlo, Kazama!- rugió -¡Se trata de las repercusiones!-
-Yagami tiene razón- terció Kaguro Seito, jefe en Yokohama -Las familias no lo dejarán pasar. Es un acto de provocación-
-Que les den a esos malnacidos- bostezó Kazama, de Saitama -Dejadlos que se maten entre sí y ya está. Nosotros sólo iremos a por los culpables-
-Parece mentira que seas jefe de policía- señaló Yagami -¡Estamos hablando de las vidas de los civiles! La última vez que la yakuza entró en guerra civil hubo decenas de muertos que no tuvieron nada que ver con sus mierdas internas-
-¿Y pretendes coger una pistola y pararlos tú mismo?- Kazama se cruzó de brazos -Sugita opina lo mismo que yo- señaló al jefe de Sagamihara
-Si es necesario, con mi vida, defenderé a los inocentes ¡Esa es la justicia de este país, la que debe existir!-
-Has visto demasiados doramas...- Kazama miró el reloj -Vaya horas. Será mejor que disolvamos la reunión. Seguiremos con la investigación y buscando posibles sospechosos-
-¿Realmente vas a tomarte a broma esto, Kazama? Muertos. Hubo muertos. La sangre aún está en el pavimento. Todo en los distintos territoros de diversas familias del clan Ryu, el clan más grande de japón ¡Piensa, maldita sea! ¡Hasta la familia Kurama está manchada de sangre! No habrá paz. Su guerra interna va a llevar Tokio a la ruina y si aparecen más cadáveres que encima metan en el problema a los otros clanes, su guerra consumirá japón por completo-
-Yagami...- Kazama suspiró, cogiendo su chaqueta y poniéndosela -En serio. Ve a casa y duerme. Llevas sin pegar ojo desde que se encontraron los cuerpos- Yagami se llevó las manos a la cabeza y se sentó en la silla de la sala de reuniones. Kazama y Sugita se marcharon. Seito le puso una mano en el hombro
-Tranquilo Yagami... seguramente lo arreglaremos antes de que ellos lleguen a las armas-
-¿De verdad crees que no están enterados, Seito? ¿Eres tan ingenuo como esos dos? Ya deben de estar buscando ellos mismos a los culpables, maldita sea ¡Y oh, de él, cuando lo encuentren! O de ellos. Yo que sé. Pero estamos hablando de Tokio. De Kurama Shohei- casi se le rompió la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas
-¿Y si le detenemos de forma provisional, hasta que se arregle?-
-¡No hay pruebas, joder!- rugió de nuevo -¿¡Se os ha olvidado como funciona la ley!?- golpeó la mesa -Hace 20 años que Kurama Shohei fue vinculado a un crimen por última vez y ni siquiera pasó por el juzgado, Seito... pero aquellos que se enfrentaron a él pasaron por el hospital y la morgue. Ahora crían malvas en el cementario mientras tú y yo hablamos de repetir esos errores ¿Lo comprendes? La familia Kurama no es temida por nada. Shohei no es temido por nada. Es el mayor sanguinario que ha pisado este maldito país ¡Y pobres de nosotros si llega a ser secretario del clan Ryu algún día!-
-Un sólo hombre no puede ser tan peligroso Yagami. Creo que te estás obsesionando...-
-Obsesionarme... claro...- rió un poco -Será eso...-
-Nos vemos pronto. Cuidate- Seito le dio un par de palmadas en el hombro y se marchó, dejando a Yagami solo. El jefe de la policía de Tokio sacó su cartera del bolsillo de su chaqueta y de la misma, una fotografía de su familia. Una fotografía bastante antigua y algo emborronada por el tiempo en la cartera. Él estaba junto con su esposa Futaba y su hija Makoto. El hombre lloró a solas con sólo recordar. Con sólo imaginar lo que estaba por venir...
Rose frunció los labios conforme se sentaba en el sillón, lo más alejada que su nuevo oficio le permitía que aquel peculiar y desagradable cliente. -¿Y tienes por costumbre pasar las noches con tus propias empleadas? Eso en Estados Unidos es considerado... peliagudo- apuntó con los ojos entornados. Akai sonrió acabándose el cigarro, aclarando de forma aburrida, que ella no estaba en Estados Unidos, sino en Japón. Rose chasqueó la lengua en silencio, incómoda. Preferiría mil veces sonreír y reír las gracias a los clientes japoneses que había estado observando esas noches antes que a ese tipo. -¿Qué demonios quieres?- El hombre la miró arqueando una ceja, preguntándose si aquella era la manera apropiada para tratar los clientes. -¿Tú tuviste una manera apropiada de pasar la noche en un local el otro día?- le rebatió. Akai, ajustándose la chaqueta, explicó que se andara con cuidado, no por él, sino por el trabajo, pues podía perderlo otra vez por culpa de su comportamiento -Trabajo que tú mismo me quitaste- apuntilló. El silencio hizo que a Rose se le volcase el corazón. La imagen de él pegándole una paliza a aquel hombre no se borraba de su mente, sabía con quien estaba tratando y no podía imaginar en qué momento podría volver a ponerse así de violento. Quizá iba a ser en ese momento. Rose incluso se alejó un poco. Pero, finalmente, el hombre se inclinó hacia delante en la mesa y tomó la carta de bebidas. Con la cara oculta desde la posición de la chica, le preguntó que debía beber. -Lo más caro- dijo sin más, provocando que el hombre volviese a mirarla -Es lo que me han dicho que siempre intente hacer aquí. Pero, este sitio es tuyo ¿No? Tú ya lo sabes- se explicó. Akai volvió a dejar la carta en la mesa y con un simple gesto de manos, consiguió que uno de los numerosos camareros le atendiese rápidamente.  Pidió, efectivamente, la botella de sake más cara que existía en el catálogo. Una botella que costaba tanto como su anterior sueldo mensual. Cuando el camarero se fue, Akai confesó que por ser el casi el dueño del local, no le cobrarían la botella. Podría decirse que estaba ya comprada por él, dadas las inversiones que se realizaban. Si lo que había buscado era sacarle los cuartos, no lo había conseguido -No, pero, a cambio, eres tú quien me invita a una lujosa botella de sake. Y yo no pago por ella- finalizó por decir, cruzando las piernas bajo el vestido rosa. No le soportaba.

Cuando la botella llegó, ni si quiera consiguió romper el silencio que se había formado entre ambos. Rose la tomó y durante un rato, estuvo intentando descorcharla. Como no pudo, Akai se la quitó de las manos, y valiéndose de un solo dedo pulgar, consiguió que el corcho saliese disparado. Quizá por ser amable, o por humillarla, él mismo sirvió el líquido en las copas, cosa que debería haber hecho la chica. -¿Piensas estar mucho rato aquí?- Toda la noche -¿Y por qué no te pides otra chica y me dejas en paz?- El hombre lanzó una mirada lenta a todo el local, afirmando que estaban todas ocupadas, incluso aquella a la que señaló. Rose siguió la dirección de su dedo. Estaba señalando a una chica la cual Rose juraría haber visto antes. Akai preguntó si la recordaba. -Llevo dos noches aquí ¿Quien te crees que soy?- Pidió que la mirase mejor. Por suerte, la chica estaba entretenida agradando la noche a tres clientes a la vez, los cuales ya estaban prácticamente borrachos. No se dio cuenta de como ambos la miraban. -¿Quien es?- La chica que estaba con el hombre a quien él le propinó una paliza. Rose frunció el ceño y luego le miró. -¿Ella te gusta?- Akai la miró perplejo, sacándose un nuevo cigarro de la cajetilla. Explicó que no estaba entendiendo nada. -Pero...- Se colocó el cigarrillo entre los labios, no sin antes decirle que pensara mejor. Al ver que no se lo encendía él mismo, Rose dedució que quería que se lo encendiese ella misma. Era algo común en el club que las chicas encendiesen los cigarros a los clientes. Rose rebuscó en su pequeño bolso hasta dar con el mechero, sin dejar de pensar sobre a qué se estaba refiriendo. Cuando lo encontró, lo acercó a su boca. -Tú estabas aquella noche allí, pero ella no estaba contigo- Él asintió cuando Rose prendió la llama -¿La vigilabas? ¿El otro hombre era un cliente y tú la vigilabas?- El hombre no respondió mientras le encendía el cigarro. Mientras, la chica pudo observar la leve presión con la que sus labios sujetaban aquella droga para los pulmones. Un acto tan normal, que en él, le pareció elegante, por alguna razón. Tanto como cuando dio una calada y soltó el humo lentamente. Se fijó en su garganta, en el movimiento de expulsión. Y de repente, contestó que así era. Explicó que aquel cliente se estaba tomando demasiadas libertades con ella, y siendo aquel local suyo, se veía responsable tanto del cumplimiento de las normas como del bienestar de todos los empleados. -¿Y... y por qué no tenéis seguridad? No, no. Mejor aún. En vez de hacer aquello en un local que no era el tuyo ¿Por qué no llamaste a la policía?- Akai la miró de reojo de una forma que casi dio escalofríos, pero no contestó y Rose sintió que no debía insistir. Guardó el mechero y se cruzó de brazos. Aunque quizás, en el fondo, el ataque violento de aquel hombre pudiese traducirse en un gesto noble, a Rose no dejaba de darle mala espina. Había leído demasiadas cosas raras por internet y en aquel momento, no se sintió demasiado segura.

De repente, los hombros de Akai parecieron relajarse aún más en torno al sillón. Sin falta de piropos, quiso saber qué tal le iba. -¿Otra vez estás ligando conmigo? Casi preferiría que no lo hicieras- El joven soltó una sonora carcajada ¿Ligar? Sólo hacía lo que los demás clientes hacían allí -Babear- añadió la chica. De repente, Akai pareció acordarse de algo. ¿Donde estaba la tarjeta de Rose? La chica se puso nerviosa -¿En serio quieres que te la de?- Quería saber todo sobre sus empleadas. Rose bufó y volvió a rebuscar en su bolso. Tomó la primera tarjeta que encontró y se la cedió. Cuando él ya la tuvo en la mano, se arrepintió -¡Espera! ¡Esa no es!- quiso quitársela, acalorada, pero no lo consiguió. Akai ya la estaba observando. Apuntilló que aún no estaba su foto, pero que Chiyo le parecía un nombre la mar de adecuado. Cuando le dio la vuelta a la tarjeta, Rose quiso que la tierra la tragase. -Ay Dios...- Akai contuvo la risa. Debajo de la lista de gustos de la chica, había un dibujo del Monte Fuji hecho a lápiz, cuidado y sencillo. -Me aburría ¿Vale? Anoche no tuve clientes- Akai sonrió satisfecho al acertar y adivinar, que él era su primer cliente. -Dámela ya- Quiso cogerla, pero una vez más, no pudo. El joven la sostuvo en alto y leyó en voz alta sus gustos. Viajar, tener buenas amistades y pintar. Lo de pintar estaba más que claro. Rose se sintió humilladísima, por ello se puso en pie tras coger su bolso y se marchó -Voy al baño-

La chica estuvo al rededor de treinta minutos sentada sorbe la tapa de uno de los retretes del baño. Oía pasar a las chicas que entraban y salían para hacer sus necesidades. Se quejaban de tener clientes un poco aburridos. Otras se alegraban de tener clientes que les habían pagado de más para que se comprasen un bonito vestido para la próxima vez. Sonaban tan tontas... tan infantiles... Rose no se sintió a gusto. No... Japón no era lo que le habían prometido. Estaba claro que no. Tras aclararse un poco el rostro con agua, a pesar de que su maquillaje desapareció, pensó con claridad. Mirándose en el espejo, decidió que volvería a casa. Le diría a sus padres que ella no podía tener la vida que ellos querían, que Tokio era una ciudad asquerosa y que incluso en Estados Unidos apreciarían más sus dibujos que aquí. Tomó aire y lo echó. Sólo quedaba despedirse de aquel tipo.

Al llegar de nuevo a la mesa, se encontró con que Akai estaba acompañado de otro hombre más mayor que él. Sonreían y bebían de aquel sake. El joven fue a hablar, pero Rose ni si quiera se sentó y procedió a interrumpirle -¿Qué? ¿Te has traído a un amigo para que también se ría de mi? ¿Ese era tu plan? ¿Pasar la noche humillándome? ¿No estabas satisfecho ya? ¿Pues sabes que te digo? Que me voy, estoy harta de ti, de los tíos como tú y de Japón. Japón se ha convertido en una grandisima mierda. Japón no es lo que era- gruñó, provocando que ambos hombres se quedasen sin palabras -Que te vaya bien humillando a otras. Ojalá un día tengas tantos problemas como la gente a la que atacas- fue a marcharse, pero entonces regresó y tomó la botella. Bebió tanto sake como pudo para después arrepentirse. Era enormemente fuerte y ella no acostumbraba a beber. Tosió como si le hubiesen dado un golpe en el pecho. -Quédate la puñetera tarjeta de recuerdo- terminó por decir, para luego marcharse. Tenía que volver a casa... tenía que hacerlo ya.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Un par de días después del incidente, todo volvió a la normalidad en la vida de Akai y sobre todo del club. Hanami estaba en perfectas condiciones gracias al yakuza que la protegió y sus beneficios continuaron llegando como si nada. Akai tenía la conciencia tranquila. No era la primera vez, ni la segunda ni la tercera, tampoco sería la última, en que rompería una nariz, una mano o alguna costilla. Era la vida de la yakuza, la vida de las calles, la vida del que camina en la noche, en el amparo de la oscuridad. No obstante él no se consideraba en sí un criminal. No había arrebatado la vida a nadie, jamás. Akai se limitaba a mantener simplemente el honor de su nombre, del nombre de su padre y de la familia Kurama, así como del clan Ryu y sólo por ello, podía dormir tranquilo, sabiendo que simplemente hacía gala del honor y la fuerza que poseía para representar a los suyos. Nunca llegaría a imaginar, no obstante, el gran agravio que aquella paliza a aquel tipo iba a traer sobre sí mismo y la familia Kurama. De haberlo sabido, seguramente hubiese dejado que Hanami hubiese sido violada incluso en el callejón más oscuro y húmedo infestado de ratas.

Era temprano por la mañana. Estaba cansado después de pasar de rondas por Kabukicho, pero tenía una reunión con su padre y los capitanes de la familia. Aparcó el coche en el aparcamiento que la propia mansión de Kurama poseía y tintineando las llaves en su mano se hizo camino hacia la entrada, para luego deambular por el largo pasillo que recorría un hermoso jardín lleno de verde cesped, decorado con puentecitos de piedra sobre un estanque artificial, construido simplemente para embellecer el recinto. A veces era conmovedor para el alma apreciar alguna garza que se permitía el lujo de adentrarse en los dominios de una familia yakuza para darse un buen refresco en las claras aguas del pequeño estanque o para intentar cazar a las escurridizas carpas que Kurama gustaba de alimentar y sustituir cuando morían. Una pacífica afición de un hombre pacífico, cuando se le permitía. Cuando llegó a la sala de reuniones, se sorprendió sin embargo de ver que la puerta corrediza se abría justo antes de que él pusiera la mano encima. Del interior de la sala salió una mujer joven, muy, muy joven. Prácticamente era una chiquilla, debía tener unos 18 o 19 años. Su piel pálida como la nieve brillaba con las caricias del sol. Ni siquiera se percató de la presencia de Akai, pues salió de espaldas, inclinándose en respeto hacia el interior de la sala, donde seguramente, estaría Kurama -Espero noticias, Yuko- dijo la calmada y soberana voz de Kurama
-Hai- dijo la chica en un agradable y dulce susurro, dulce como el azucar -Haré todo lo que esté en mi mano, señor- se mantuvo inclinada un buen rato hasta que fue a deslizar la puerta para cerrarla
-Me temo que no, señorita. Voy a entrar- dijo Akai con tono burlón, sobresaltándola de sobremanera. Incluso profirió un gritito
-Ah, Akai. Pasa hijo- rió Kurama ante la situación -Yuko, no temas. Él es mi hijo adoptivo Kurama Akai- comentó acercándose hacia la puerta para reunirse con ambos
-E-encantada de conocerte- se inclinó reverenciando con honores a Akai -Minami Yuko- dijo su nombre como presentación
-Ah, eh, bueno- Akai frunció el ceño -Tampoco hace falta tanta ceremonia. Encantado y eso, pero no soy quién para...-
-Vamos, Akai. Tienes que aprender a apreciar la cortesía de aquellos que te brindan tantísima educación. Yuko-chan es una excelentísima muchacha ¿Verdad? Una joven sacerdotisa- la tomó de la barbilla con dulzura. La chica le sonrió -Va a serme de gran ayuda-
-Siempre has tenido un mal despertar, padre, pero no pensé que fuera necesario que te exorcizaran- se burló
-Mal rayo te parta, chico- rió Kurama -No viene para ahuyentar mis demonios, no al menos con exorcismos- Yuko rió con dulzura inocente. Akai se fijó en que no era difícil discernir que era una sacerdotisa. Iba vestida con un yukata blanco y un lazo rojo en el cabello, oscuro como la noche. Cualquiera que la viese salir pensaría que quizá el aclamado Kurama Shohei había fallecido o peor, se había convertido en un yokai -Sea como sea, Yuko-chan, espero poder vernos pronto- la despidió, dejándola marchar -Pasa, hijo- ambos entraron a la sala y se dirigieron hacia el punto más interior, donde una ligera plataforma diferenciaba una parte de la sala de la altura original del suelo. Allí solía sentarse sobre un cojín morado el bueno de Kurama, como todo un señol feudal. Para variar, vestía su kimono negro decorado con dragones dorados en la espalda y las mangas. Ante la plataforma, había diversos cojines azules para los invitados, dispuestos en dos filas paralelas extendiéndose hacia la entrada. Akai se sentó en uno de los más próximos a Kurama en postura seiza, sobre sus rodillas. Ya las tenía bien curtidas desde su niñez
-¿Dónde están los capitanes?-
-Aún no han llegado, me pregunto por qué- Kurama se acomodó en la postura seiza también y tomó un abanico blanco, cerrado, que había dejado en el suelo. Realmente parecía todo un shogun
-Supongo que toca esperar... ¿Puedes adelantarme al menos los puntos del día?-
-No es nada extraordinariamente importante, no te preocupes. Simplemente la familia Yagami anda dando un poco de guerra debido al Diamond. Dicen que lo adquirimos aprovechándonos de un problema legal que tenían con el dueño del local. Ja... Menudos pánfilos. Ya quisiera ese malnacido de Souchiro que el Diamond le perteneciera. Uno de los clubs más prominentes de Kabukicho...- Shohei y Akai reían a la vez, mientras el joven se encendía un cigarro
-¿Habrá problemas?-
-En caso de que los haya, imagino que Godaime querrá terciar. Si no, mucho me temo que habrá que sacar los puños a pasear-
-Toda una lástima. Souchiro era bastante amable conmigo cuando era pequeño. No querría tener que partirle la cara- exhaló el humo
-¿Tan seguro estás de poderle a Souchiro? Tendrías que atrevesar un mar de hombres para llegar hasta él. Y ese viejo bastardo es duro como un roble-
-Hasta el árbol más duro se puede talar- volvió a exhalar
-No seas arrogante, Akai. No es lo que te he enseñado. Hasta el hacha más afilada puede perder el filo-
-Entonces lo talaré con los dientes- tras un leve silencio, ambos empezaron a reir ante el comentario, con sólo imaginar la situación de Akai royendo un roble hasta tumbarlo. Entonces, Soichi Ame apareció por la puerta, uno de los capitanes de la familia
-Ah, Soichi. Ya era hora-
-Señor- se le veía agitado -Creo... que hay problemas- miró específicamente a Akai
-¿Qué clase de problemas?-

En cuestión de minutos, se movieron hacia una habitación más común dentro de la mansión para poner la televisión. En las noticias, una reportera comentaba con suma seriedad el caso de un asesinato múltiple que se había dado esa misma madrugada en distintos puntos de Tokio. Todos los asesinados o bien eran hombres de fortuna, o posibles miembros de la yakuza de alta jerarquía, debido a los tatuajes. Las autopsias habían revelado unas muertes horribles, lentas y agónicas, a pesar de que todos presentaban diversos disparos en la cabeza. La policía no sabía aún qué pensar. Sólamente una de las víctimas, Ieyasu Sinosuke, miembro del Ministerio, presentaba distintas heridas, tales como agujeros en la mano derecha y severas heridas en la boca, hechas con anterioridad. Se sospechaba que la yakuza estaba implicada, debido a que los cadáveres estaban repartidos en lugares conocidos como "territorios" de distintas familias y había testigos que habían asegurado que Ieyasu Sinosuke sufrió un altercado en Nerima, en un bar llamado Nanami. La policía estaba investigando -Maldita sea...- Akai apretó los puños -Jefe, yo no he sido. Sabes que no mataría a un tipo por intentar forzar a una de las chicas. Lo habría arreglado de otra forma-
-Ya, ya...- suspiró Kurama -Lo sé, hijo-
-Esto nos pone en el punto de mira- reflexionó Ame -Shido y Koji no han venido debido a esto. Les llamé. Consideré la posibilidad de que cambiara los planes-
-Bien pensado Ame. No es momento de tratar sobre disputas de apropiación de locales cuando tenemos a la policía oliéndonos el culo-
-¿Qué haremos?- preguntó Ame
-Está claro- gruñó Akai -Encontrar a los culpables. Son varios y todos se encontraron de madrugada. Es imposible que sea trabajo de uno sólo. Demasiados kilómetros al rededor de todo Tokio-
-No hace falta que demuestres tus buenas pesquisas de detective, Akai- bufó Kurama -Encontraremos la forma de solucionarlo. De momento, hijo, quiero que hagas una cosa-
-Lo que sea-
-No llames la atención. Mantén un perfil bajo. Sé discreto. Intenta mantenerte alejado de la policía- Akai frunció el ceño
-¿Crees que he sido yo y que me pueden encarcelar por ello?-
-Temo que te quieran culpar por algo que no has hecho, precisamente- lo miró a los ojos -Sé que tus manos no se ensucian más de lo necesario-
-Lo menos sospechoso sería hacer vida normal-
-No, Akai. Confía en mí. Compórtate hasta nuevo aviso. Trataré yo con la policía- Akai se mantuvo en silencio -¿De acuerdo?-
-Sí...-
-Prométemelo. Tendrás cuidado y no harás absolutamente nada que llame la atención-
-...Lo prometo. Joder- gruñó y se marchó, encendiéndose con ansiedad otro cigarro.

La semana transcurrió tal y como prometió, sin llamar la atención, de la policía al menos. Contrariando los deseos de Kurama, abordaba Kabukicho como un auténtico demonio. Si se cruzaba a alguna panda de gallitos que iban más bebidos de la cuenta y le miraban mal, o le insultaban por no ser de sangre japonesa, los arrastraba hasta los oscuros callejones que había entre los distintos negocios y allí hacía de ellos unas deliciosas papillas de japonés molido. A uno llegó a dejarle la cara tan hinchada que no le reconocería ni su madre en los próximos días, y sólo porque al pasar por su lado le rozó con el brazo y no le pidió disculpas. Akai estaba descontrolado. Estaba furioso. Aquello no era algo común. Debía de ser una estratagema de alguien y, curiosamente, se estaban aprovechando de lo que ocurrió en Nerima, bien para quitarle a él de la partida o para poner a la familia Kurama bajo vigilancia policial, lo cual dificultaría muchos movimientos y negocios. Desquitarse a base de golpes fue algo que le ayudó en mayor medida. Dejar la rabia salir, fluir como el agua que bajaba del río y después fumarse un cigarro. Aquello era el paraiso. O lo era, hasta que por fin recibió un mensaje de texto. Debía de ser aquella chica, pues lloriqueaba por trabajo. Secamente le indicó lo que hacer. Por ese día ya sólo tendría una sonrisa en la boca. La desgracia ajena también podía ser un buen consuelo. Por ello, la noche siguiente, a altas horas, hizo acto de presencia en el Diamond. El local estaba casi desbordado. Había clientes por doquier, y sin embargo no veía a aquella chica, Rose, por ninguna parte. Decidido a dejar atrás su mal humor, pidió al bueno de Matsuda que le informara si Rose estaba presente y que, en caso de que estuviera disponible, se presentara en la mesa 13. Akai se sentó con total comodidad y esperó cigarro en mano, humeante, hasta que oyó unos apresurados pasos acercarse. Ya estaba sonriendo con imaginarse la cara de la chica. La oyó disculparse por la espera y, humilde, dar las gracias por solicitarla. No tenía ni idea de qué esperaba la buena de Rose, pero se quedó helada al verle -A las buenas- sonrió socarrón. La chica se preguntó qué estaba haciendo ahí -¿Que qué hago aquí? Rose ¿no?- realmente recordaba su nombre perfectamente -Este local es casi, casi, mío- mintió -Puedo venir y hacer cuanto me plazca. Y me apetecía verte. Quería saber qué tal te iba la noche ¿De lujo, no?- Rose pudo ver clarísimamente esa sonrisa cargada de maldad y esos ojos brillantes rebosando picardía. Le estaba buscando las cosquillas -Cuéntame, preciosa. Siéntate y tómate algo conmigo- dio unas palmaditas en el sofá, a su lado -He tenido unos días muy, muy duros y me viene bien algo de compañía y calor. Voy a ser un magnífico cliente. Espero no ser el primero- volvió a sonreir, torciendo los labios a la vez que daba una carismática calada al cigarro. Rose podía decir que estaba acostumbrado a esa actitud. No. Esa era su actitud, no estaba actuando. Intimidante. Ese hombre llamado Akai había nacido y estaba hecho para ser intimidante. Le funcionaría tal vez con quien fuera que tratase, pero Rose no era, precisamente, una ciudadana japonesa media. La noche prometía ser larga.
La chica no fue consciente de todo lo que había ocurrido hasta que el hombre herido del local no fue arrastrado hacia las afueras por algunos empleados, que ya llamaban a una ambulancia para tratar las leves hemorragias de su rostro. No se lo podía creer. Estaba despedida. Sin empleo. Otra vez.

Salió del local angustiada. No podía ser cierto ¡Si no era culpa de ella! El jefe había malentendido la situación. Había creído que eran amigos, solo porque ambos habían decidido de propia cuenta resultarse llamativos el uno al otro. ¡¿Y por qué diantres ese hombre había tenido que actuar así?! No le daba explicación. ¿A caso era un delincuente? Le había dejado la cara magullada a ese hombre. Rose bufó y se despeinó los cabellos. ¿Por qué estaba teniendo tan mala suerte? ¿Por qué Japón no era lo que sus padres le habían prometido...? Al dejarse los cabellos, observó que Akai, aquel joven, caminaba a paso tranquilo por la calle de la derecha, como si nada hubiese ocurrido. Por un momento la chica quiso obviarle. De hecho, cruzó de acera para irse a su casa... pero al pensar de nuevo en lo estúpido que todo había sido, en las consecuencias que iba a tener aun siendo inocente, su corazón se encendió más aún. Apretando los puños, caminó a paso ligero, hasta casi correr, para alcanzar a aquel hombre que se recolocaba los ropajes con desgana. -¡Eh! ¡Eh!- gritó, pero el chico no hizo ni si quiera el intento de detenerse -¡Se que me estas oyendo! ¡Deja de ignorarme! ¡¿Tienes idea de lo que has hecho?! ¡¿De lo que me has hecho?!- volvió a gritar. A Rose le iba el corazón a mil por hora. No podía obviar que era un hombre que acababa de darle una paliza a otro ¿Que razón tenía para pensar que no haría lo mismo con ella? Más aún si le estaba provocando con sus gritos. Decidió no oír los acelerados latidos de su corazón y continuar con sus improperios -¡Dígnate a mirarme al menos!- conforme andaba detrás de él, la gente de las casas colindantes cerraban persianas y ventanas, creyendo quizá que los gritos procedían de una persona borracha. Chillar o armar escándalo en las calles de Tokio era de tener poca educación. En aquel momento, a Rose le daba igual la educación. -¡Me has dejado sin trabajo! ¡¿Tienes idea de lo que me había costado que me aceptaran?! ¡¿Qué se supone que debo hacer ahora?! ¡Cabrón!- pateó una piedra que se encontraba a sus pies, la cual fue directa a chocar contra el pie del hombre. Esta vez si, se paró. -¡He perdido mi medio para conseguir dinero por tu culpa! ¡Si no encuentro nada voy a tener que volver a casa! ¡¿Qué voy a decir?! ¡¿Que un psicópata desquiciado estropeó mi noche y me relacionaron con él?!- Al girarse, lanzó a la chica una mirada carente de emociones, aburrida. -Me has arruinado...- dijo esta vez, en voz baja. Akai suspiró. Resultó que se había parado porque a su lado, estaba su propio coche apartado. Abrió la puerta tras tocar la llave y se encerró en el vehículo. ¿Que más iba a hacer Rose? ¿Desvalijarle? ¿Provocarle aún más? Fue a marcharse indignada cuando el joven bajó la ventanilla. Rebuscó en el interior de su chaqueta hasta dar con una tarjeta de color blanco y rosa, la cual cedió a la chica al extender el brazo. Por un momento, Rose no entendió. En la tarjeta, muy bien decorada y cuidada, se reflejaba el nombre de ''Club Diamond'' -¿Qué... qué es esto?- Un club. Podía trabajar ahí. -¿Un club? ¿Qué clase de club?- Un club hostess, un club de chicas de compañía. La chica pestañeó y luego montó en cólera. -¡¿Te estás burlando de mi?! ¡¿Consigues que me despidan y ahora me pides que trabaje de puta?! ¡¿Eres un proxeneta?! ¡¿Así captas a la chicas o te estas quedando conmigo?!- De forma aburrida, el hombre suspiró, para aclarar que no era un club de prostitutas. Las chicas del club hostess solo ofrecían compañía y en ningún caso eran tocadas por ningún cliente, de ninguna forma. No si no querían. -Qué... No... En serio... Esto debe ser una broma- Akai puso los ojos en blanco y cerró la ventanilla, no sin antes asegurar que su teléfono estaba en la parte trasera de la tarjeta. El segundo numero. Tras aquello, pisó el acelerador y se marchó, dejando a Rose sola e incrédula. -Y una mierda...-

Los días pasaron tras aquel incidente. Rose se quedó sin empleo, y por tanto, sin nada que hacer una vez más. Tras lo sucedido, no pudo hacer otra cosa que buscar trabajo desesperadamente. Se enfrentó a varias entrevistas relacionadas con puestos de servicios en locales en las que su perfil no terminó de convencer del todo. Al principio, contuvo la paciencia, pero conforme pasaban los días, empezó a desesperarse. Su anterior sueldo no era muy bueno y apenas le daba para pagar gastos. Solo de imaginarse volviendo a su casa para ver la decepción en la cara de sus padres, hacía que sintiese ganas de acostarse en el futón y no hacer nada más hasta que el casero del piso la echase a patadas de allí.

Aquel viernes, había terminado de recorrerse todo el barrio de Nerima a pie y gran parte de los barrios colindantes tras moverse en metro. Nada. Quizá no tenía suerte y los japoneses no confiaban en ella, o simplemente Japón no era para ella, por mucho que hubiesen estado tratando de convencerla desde pequeña. Cansada y sedienta, se detuvo ante una máquina expendedora de té y café cercana a su casa. Sacó de su bolso su pequeña cartera en forma de gato. Al abrirla, sólo descubrió algunas monedas y los billetes con los que podría pagar su alquiler un mes mas... y ya esta. Suspiró resignada, tras tomar la moneda y sacar un café caliente de la maquina. Mentiría si dijese no había pensado en Akai durante toda la semana. Y nada bueno, desde luego. Pero, siendo la única oferta de trabajo que tenía a mano... ¿La debería seguir ignorando?.

Al llegar a casa, encendió el ordenador portátil de segunda mano que había comprado hacía ya meses. A su entender, una chica de compañía era algo similar a una prostituta. Pero siendo Japón... quizás para ellos tuviese otro significado. Navegó en la red durante horas, buscando el significado de la palabra ''Hostess'' y todo lo que el trabajo de aquellas señoritas implicaba. Todo lo que encontró, se ajustaba a la descripción que Akai le dio. Mujeres jóvenes que entretenían a hombres sin que la relación entre ambos llegase a ser sexual. Algunas web sugerían que a veces no era así, y que si la chica en cuestión accedía a tal relación intima, sería bajo su consentimiento y a cambio de una remuneración más gruesa. Por último, encontró que la mayoría de los club de hostess se encontraban en Kabukicho, el barrio rojo de Shinjuku, frecuentemente visitado por la Yakuza japonesa, dado que eran los dueños de varios locales del mismo. Por un momento, un escalofrío recorrió el cuerpo de Rose. Tomó la tarjeta. Bajo el logo del local se hallaba la dirección del mismo. Kabukicho. Tras dejar la tarjeta sobre el kotatsu, la chica volvió a pensar en Akai y en su violencia, y a la vez, recordó las palabras exactas con las que había leído sobre que clanes Yakuza regentaban locales. Una idea un tanto rara se le pasó en ese preciso instante por la cabeza, pero trató de convencerse así misma que un cabrón con pintas de extranjero nunca podría ser un mafioso japones. Y si lo era, por muy remota posibilidad que fuese, para trabajar no debería influirle... ¿Verdad? -¡Ag! Me duele la cabeza de pensar...- Se dejó caer sobre la superficie del kotatsu, dándose con la cabeza sobre el teclado del ordenador. ¿Qué debía hacer...? ¿Qué debía hacer...? Tras pensárselo mucho, esa noche, marcó el número de Kurama Akai. Pero no llamó. Solamente le escribió un mensaje, porque no estaba segura de si escuchar su voz despertaría una rabia interna en ella que la llevaría a insultarle en vez de pedirle trabajo.

-''Quiero trabajar. Necesito mi trabajo''-

Al escribir aquello y enviarlo, sintió remordimientos. De repente se arrepintió. ¿Tanto temía decepcionar a sus padres si volvía? ¿Por qué no tenía agallas?. De repente, el móvil vibró. Apareció una ventana emergente.

-''Ok''-

¡¿Ok?! -¿Ok? ¿Como que solo Ok? ¿Serás cabrón?- gruñó. ¿Que manera era esa de aceptar un trabajo? ¡¿Y ya esta?! ¡¿Solo Ok?! ¡¿De verdad que no era aquello una broma?! Rose sintó deseos de tirar el móvil por la ventana. Quizá lo hubiese hecho, de no ser porque volvió a vibrar.

-''Mañana a las ocho. Dirección en la tarjeta''-

Y ya esta. Rose apretó los puños, rabiosa. Y finalmente, exhaló. No había nada que hacer. Ya estaba hecho. Quizás iba a arrepentirse muy pronto.

La chica se pasó el resto de la noche y toda la mañana siguiente indagando aún más en el oficio de hostess para saber como manejarse. No estaba negativa, simplemente sabía que no se le iba a dar bien. No se consideraba simpática, agradable ni nada por el estilo que pudiese gustarle a un hombre japonés. Tras estudiar detenidamente como se vestían las chicas, escogió de su armario el único vestido que se había traído de casa mínimamente elegante. Se trataba del vestido rosa que usó para su graduación en el instituto. Era muy hortero. Pero aún le quedaba algo bien, y a juzgar por los gustos japoneses... no desencajaba tanto.

Se armó de valor al subir al metro con un vestido tan corto, el cual fue intentando bajarse cada minuto. Estaba incómoda, estaba nerviosa, atacada de los nervios. El tren hizo su parada cerca de Kabukicho y ella bajó. No acostumbraba a salir de Nerima porque su orientación era muy mala, y al ver la cantidad de gente que se movía de un lado para otro, no se arrepintió. Se sintió abrumada entre tanto gentío, de manera que le costó varios minutos ubicarse y llegar hasta las grandes puertas rojas. Nadie parecía mirarla. Allí todas vestían igual. Caminó entre las calles buscando la dirección que había en la tarjeta, y cuando dio con el local... no se sintió extrañada. Lucía igual que todos los que había visto por internet. Grande y con un gran cartel lleno de chicas fuera, como si se tratase del menú de la casa.

Con los pies temblando por la poca costumbre de caminar sobre tacones, entró al local. Rápidamente, la recibió un hombre joven de aspecto amistoso. Llevaba una pequeña placa en el pecho. Tenía pinta de recibir clientes. -Buenas noches, señorita. ¿Mesa para una?- Rose frunció el ceño.
-No... no vengo a por chicas. Vengo a trabajar-
-¿Trabajar?-
-Verá... me dieron esta tarjeta- Rose enseñó la tarjeta tras sacarla del bolso. Aquel hombre lo entendió rápidamente, sin echar si quiera un vistazo.
-¡Oh! Eres la chica que viene de parte de Kurama-san-
-Sí... eso creo-
-¡Eh! ¡Yuki-san!- gritó el joven, al tiempo que una chica de la misma edad que Rose aparecía. De la misma edad, sí, pero de apariencia mucho más infantil. Vestía un trajecito celeste y su pelo oscuro y liso estaba decorado con lacitos a juego.
-¿Un cliente?- preguntó la chica con dulzura.
-No, una compañera. ¿Su nombre?-
-Rose... Rose Miller-
-Esta chica viene por favor de Kurama-san. Por favor, ponla al día si aún no tienes clientes- La chica,
Yuki-san. hizo una mueca de desgana.
-Pero si es extranjera, Matsuda-kun-
-Ya... pero, viene de parte de Kurama-san. Quizá han llegado clientes con interés de tener una compañía de fuera-
-Si, ya... Esta bien, chica. Ven- Yuki tomó de la mano a Rose, instándola a ir con ella hacia una pequeña habitación parecida a un vestuario. Claro que antes de llegar hasta allí, cruzaron el club... y Rose jamás pensó que pudiese haber tantos clientes dentro, todos separados con enormes respaldos, todos en intimidad con chicas... y a la vez tan unidos a los demás. -Escucha bien. Puede que tenga pronto un cliente y no podré explicarte. Aquí estan las tarjetas- señaló a un tocador donde reposaban tarjetas blancas -La semana que viene tendrás una propia con tu foto, de momento ahora escribe tu nombre y las cosas que te gustan. Procura que las cosas que te gusten, tambien puedan gustarles a los clientes-
-¿Y como sabré eso? ¿Qué cosas?-
-Algunas ponemos la bebida, otras ponemos los hombres con barba... tienes que ser original. Tu nombre es Rose ¿No?-
-Sí-
-Pues aquí usaras otro. Todas usamos un nombre distinto- La rapidez con la que Yuki hablaba empezaba a marear, sobretodo porque ya no usaba el tono dulce de antes, sino uno más serio. Como si una de las dos facetas fuese solamente una actuación -A ver... Chiyo. Te llamarás Chiyo-san-
-Vale...-
-Aquí todas tenemos caché. Algunas noches tendrás mas clientes y otras menos. Cuanto más caché tengas, más solicitada estarás.-
-¿Y que tengo que hacer exactamente? ¿Sólo dar compañía?-
-¡No! ¡Compañía puede darla incluso una muñeca! Nosotras ofrecemos más. A ver... los clientes cuando entren, pagarán una entrada fija pero sin consumiciones. Tienes que procurar que consuman, y mucho- De repente, Rose empezó a entender de donde llegaban los beneficios del negocio -Procura incluso que te inviten a ti. Todo dinero dejado aquí, te hará buena trabajadora aquí. Además de eso, tienes que dar buena conversación. Sé flexible. No hables de un solo tema. Procura saber siempre de qué querrán hablar ellos. Ríe cuando cuenten algo gracioso, aunque no te haga gracia. Sé, sobretodo, persuasiva. Y... eso es todo, creo-
-Vaya... realmente es mucho. ¿Qué hago si me invitan a beber? No estoy muy acostumbrada-
-Vomitalo en el baño y perfúmate después. ¡Ah! ¡Si! Una ultima cosa, Chiyo-san. Algunos clientes entienden las normas y otros... siempre procurarán ir más allá. Si no quieres que te toquen, de forma tranquila y siempre amigable expresarles tu incomodad. Pero, claro, no quieras que no te rocen ni un solo brazo. Procura ser flexible con ellos. Ahora sí, creo que está todo.
-¡Yuki-san! ¡El señor Takano quiere tus servicios esta noche!- sonó una vez desde el exterior.
-¡Voooy!- sonrió de nuevo de forma dulce. -¡Suerte, Chiyo-san! Esta noche la tendrás tranquila-
-¿Por qué?-
-No se... no creo que nadie te quiera- soltó sin más, para luego marcharse.
-¿Perdona...?- gruñó Rose. De repente, entendió que quizá Yuki no iba a ser una buena compañera. Al salir de vestuario, observó de nuevo el local. Tantos clientes, tantas risas, tanto alcohol... Japón no era lo que ella esperaba.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

-¡Cúbrete!- el boken, una katana de madera, se encontró frente a frente con otra, causando un restallido descorazonador. Ambos hombres estaban sudados y faltos de aliento tras varias horas de entrenamiento sin descanso, y no sólo eso, pues por igual los dos hombres compartían el detalle de que sus espaldas estaban tatuadas. Kurama Shohei era mayor, de unos 50 años. En sus tatuajes se podía vislumbrar una katana rodeada de flores de sakura y un dragón enroscado en la hoja como si fuese una cadena que la inmoviliza. Para Shohei, tenía un gran significado. El valor, la sabiduría y la voluntad es lo que sostiene el poder, o al menos, lo que debería sostenerlo. Kurama Akai, su hijo adoptivo, portaba un siniestro tatuaje de un shinigami, un dios de la muerte del folclore nipón, en un baile de colores negros, azules y morados. Un espectro oscuro con una máscara demoníaca morada entre flores azules de bordes negros. Para Akai, su tatuaje simbolizaba la muerte, una realidad que le rodeaba desde que apenas era un bebé y que se había prolongado por el resto de su vida, eludiéndole a él por alguna razón. Shohei, quien le había hallado tras sufrir sus padres el accidente que puso fin a sus vidas, lo crió como su propio hijo y lo instruyó en sus estrictas creencias y pensamientos basados en las viejas costumbres de un periodo que ya quedó muy atrás, precisamente cuando japón se dio a conocer al mundo y fue invadido por costumbres de occidente. Sin embargo, a pesar de esa mente cerrada, Shohei no permitió que el origen racial de Akai se convirtiese en óbice para abrirle su corazón. El chico creció leal, fuerte y servicial. Era ahora uno de sus mejores hombres, su teniente consejero en la familia Kurama, una de las más poderosas, si no la que más, en el Clan Ryu, el más notorio y poderoso de los clanes yakuza que poblaban japón -Bien... así me gusta- resopló
-¿Un descanso?- sonrió Akai con malicia -Los hombres mayores deben sentarse a menudo a reposar los músculos-
-Ah, mocoso- la mirada de Shohei brilló con avidez -No me tientes a dejarte sin lengua-
-No te ofendas, padre. Te enfurecerás y perderás la concentración- siguió con tono burlesco -Además, por tu edad, ya no estás para demasiados trotes-
-¡Pero serás maleducado!- Shohei retiró el boken para asestar de nuevo un golpe desde arriba directo a la cabeza de Akai, con ganas de dejarle un buen chichón, pero simplemente había caido en la trampa del joven que aprovechó para hacerse a un lado y golpear con levedad la cadera de su padrastro, a quien consideraba simple y llanamente su padre, a secas -¡Oh...!-
-Picaste. De nuevo. Siempre pasa lo mismo- rió Akai, quitándose el sudor de la frente
-Tengo que admitir que eres un chico listo. Siempre sabes donde pincharme- Shohei suspiró -Quizá realmente me vuelvo viejo, hijo-
-No digas tonterías. Eres joven aún. Y muy fuerte. Me tiemblan los brazos de sólo resistir los golpes que lanzas- le puso una mano en el hombro a su padre -Espero, cuando llegue a tus años, ser igual que tú-
-Serás mejor. Oh, sí. Estoy seguro, querido Akai, de que serás mejor- ambos se sonrieron con calidez -¡Pero bueno! ¡Mira qué hora es!- se alertó el patriarca de la familia Kurama -Tengo que reunirme con los capitanes. Voy a llegar tarde si me retraso-
-De acuerdo- asintió Akai -Yo me pasaré por Kabukicho a ver qué se cuece...-
-He pensado que mejor te pases hoy por el Diamond- aclaró el patriarca secándose con una toalla el sudor y vistiéndose con aquella chaqueta morada tan llamativa, a juego con sus pantalones -Tanaka está en ciertos problemas. Mucho me temo que no va a estar pendiente del local hoy-
-¿Ha pasado algo?-
-Ha pasado que le han visto hablando en un callejón apartado con cierta agente de policía. Tendremos que arreglar esos asuntos con él antes de que algo suceda- Akai se echó a reir
-¿Y si sólo estaba ligando?-
-En ese caso los moratones serán más leves- se mofó Kurama -Ve, Akai. Ocúpate de esto-
-Sí, señor- se inclinó respetuosamente ante su padre, que a su vez, era su jefe. Se secó por igual con la toalla y se vistió con su chaqueta negra sobre una camisa roja y se dispuso a partir.

Al igual que otros muchos locales especializados para el ambiente nocturno, el Diamond, un club de chicas para clientes selectos, no en exceso, pero no era un lugar en el que cualquier camarero podría permitirse pasar una noche charlando y disfrutando de unas bebidas con las chicas. A eso de las 8 y media, cuando el local ya llevaba media hora abierto, fue cuando Akai hizo acto de presencia. Ayako no tardó en acercarse a él con graciosos pasitos y saludarle con una efusiva inclinación de cabeza -¡Akai-san, bienvenido!-
-Hola Ayako- sonrió el muchacho con cortesía
-¿Vienes a pasar un rato con nosotras?- por práctica, la chica tomó la mano de Akai y lo invitó en dirección a una de las mesas -¡Aún no estamos llenos!- pero Akai retiró la mano con suavidad
-Hoy estoy aquí por mero servicio. Me encargo de la seguridad-
-¿Seguridad? Pero si ha venido Yukito-kun- rió graciosa la chica
-¿Yukito?- Akai arqueó la ceja
-Sí, está allí- la chica señaló hacia una lejana esquina y, claramente, Yukito, uno de los hombres de Kurama, estaba presente en el local tomando una cerveza, vigilando que todo funcionase correctamente
-Pues vaya un problema...- se rascó la nuca, perezoso -El jefe me ha destinado aquí-
-Pues sí que es un problema entonces- rió Ayako -¡Va, pasa y divirtámonos!-
-No puedo, Ayako-
-¡Malo! ¡Akai-san es malo!- infló los mofletes de forma adorable, pero Akai no cayó ni un ápice en sus encantos, que no eran pocos, como el resto de chicas
-¿Dónde está Hanami?- se cuestionó al no verla por los alrededores -¿Se está cambiando?-
-¿Eso quieres saber, pervertido-senpai?-
-Hablo en serio- suspiró
-Eres aburrido- se quejó Ayako cruzándose de brazos. Akai le permitía ese comportamiento. Esa dulzura e infantilismo entrañable de la joven, que apenas tenía 20 años recién cumplidos, a juego con una belleza brillante y un cuerpo llamativo para su edad, la hacía una de las estrellas del lugar, aunque no la que más. Además solía divertir mucho a los clientes comportándose así, como una chica manga de un comic corriente. Era precisamente Hanami la estrella. La cabeza de cartel, y no estaba a la vista. Hanami siempre estaba. Hanami siempre tenía filas de clientes esperándola
-¿Dónde está, Ayako?- Akai la tomó de los hombros
-Akai-san...- se ruborizó -Qué manos más fuertes...-
-¡Ayako!- la zarandeó con suavidad -Deja de jugar ¿Ha pasado algo?-
-Ay ¡Que no! No te amargues tanto- se quitó las manos de Akai de encima -Sólo ha salido con un cliente. A tomar unas copas. No hace mucho-
-¿Están por Kabukicho?-
-Oí decir al cliente que quería ir a un lugar más tranquilo-
-Llámala- ordenó. Ayako suspiró de aburrimiento, pero obedeció al yakuza. Sacó un movil rosita adornado con orejitas de conejo y llamó. El teléfono sonó durante largo rato hasta que por fin lo cogió
-¡Ha-na-mi-chaaaaaan!- saludó divertida -¿Dónde estás?- la voz de Hanami sonaba al otro lado de la línea -¿Eh? ¿Nerima?-
-¿Allí...?- reflexionó Akai
-No, no, por nada. No pasa nada- rió Ayako -Es sólo para asegurarme de que estás bien-
-Pregunta en qué local está-
-¿Algún lugar concreto, brivona?- la voz sonó -Nanami. No me suena- la voz volvió a sonar -Ah, sí. Lo sé, disculpa. Bye bye~- y colgó -Nanami dice que es el local- se rascó la sien -El cliente parece haberse ofendido un poco porque ha cogido el teléfono-
-Entiendo- Akai se dio media vuelta y se dispuso a marchar
-¡Eh! ¿Akai-san? ¿Dónde vas?-
-A disculparme con el cliente- dijo sin más, antes de desaparecer.

Aproximadamente media hora después Akai llegó a Nerima. Un barrio humilde, tranquilo, sin demasiado movimiento. Encontrar el local llamado Nanami no fue extraordinariamente difícil. Ya desde fuera, a través de los ventanales, pudo comprobar que en efecto, allí estaba Hanami junto al cliente. Aquel tipo no era alguien cualquiera y ya de por sí, ambos destacaban entre el resto de la clientela. Decidido a asegurarse que la estrella del local estuviese a salvo y debido a que no tenía otra cosa que hacer, entró en el local para dirigirse a uno de los extremos de la barra. Estaba centrado en intentar oir dificultosamente la conversación de Hanami con aquel individuo cuando le asaltó de pronto una camarera que era poco o nada japonesa hablándole en inglés. Akai la miró como quien mira una pared de ladrillos. La chica siguió hablando hasta que se percató de que no hablaba inglés. Se disculpó formalmente y ofreció invitar -Por favor, relájate- rió Akai, que apenas hablaba un poco de inglés. Al haber crecido en el seno de Kurama Shohei, sólo sabía japonés aunque lo educaran en el idioma occidental. No se le daba mal, pero la falta de práctica se lo había oxidado por completo -Es normal. Es frecuente en mi vida que hombres y mujeres por iguales me consideren extranjero. Mi día a día es un constante lidiar con gaijin hunters- se mofó y ambos rieron. Gaijin hunters. Seguramente ella habría coincidido con alguno, japoneses que se hacían falsos amigos o amigas de un extranjero, hasta el punto de que casi parecía ser una especie de pareja, sólo por hacerse fotos y fardar de una compañía exótica. Curiosos, estos japoneses -Y por cierto, soy de Tokio- sonrió encantador -Quiero decir... No sé exáctamente de dónde soy. No nací aquí, o eso creo. Al menos mis padres no eran de aquí como se puede apreciar por mis rasgos. Simplemente, dejémoslo en que actualmente, vivo en Tokio y en ocasiones en Nara- la chica lo estudió ligeramente ¿Realmente era de japón? -Puedo entender que por tu curiosidad tú no lo eres- ella rió. No, efectivamente, no era el mismo caso. La chica llevaba apenas un año en japón -Pues tu dominio del lenguaje es prácticamente nativo- ella se encogió de hombros. Cosas de su vida. Historias largas y aburridas. Ambos se quedaron mirando el uno al otro durante un instante -¿Cómo te llamas?- Rose, se presentó -Me llamo Akai. Kurama Akai- ambos inclinaron ligeramente la cabeza -Y déjame decirte algo Rose si me pones una cerveza- la chica fue rápida y hábil a la hora de servirle. Akai tomó el vaso y dio un largo y agradecido trago. Sentir el frescor relajándole el gaznate fue dulce a pesar del amargo del sabor de la cerveza -Me encantan las historias largas- ambos se sonrieron. Por un pequeña instante, la chica ladeó ligeramente la cabeza para después mirarle de nuevo a los ojos. Se atrevió a preguntar si, por alguna razón, le estaba intentando tirar los tejos -Si tirarte tejos a la cabeza sirve para algo que no sea matarte- ella se echó a reir. Era una expresión más occidental -¿Y qué significa?- tirarle los tejos a alguien era la intención de ligar, intimar -Oh, ya veo- se llevó el vaso de cerveza a los labios y la miró intensamente -No lo sé, Rose ¿Tengo posibilidades?- la conversación habría avanzado de forma interesante de no ser porque el jefe de Rose, Osamu Kitase, apareció hecho un vendaval del almacén
-¡Rose!- vociferó -¡Rose!- la chica se disculpó y fue a atender a su jefe con celeridad -¿Dónde has metido las botellas de whiskey? ¡No están por ningún lado y hay que reponer!- mientras Rose trataba de explicar a su estresado jefe que ella no las había tocado desde que se compraron, Akai volvió a centrar toda su atención en el motivo por el que ahí estaba. Ahora que la chica no le distraía, pudo fijarse en la escena. Hanami tenía los ojos enrojecidos y la cabeza gacha. El cliente la agarraba de la muñeca. Cualquiera que no prestara atención pensaría que estaban haciendo manitas con algo de vergüenza, pero Akai ya había visto esa escena incontables veces. Ese tipo la estaba forzando. La estaba obligando a algo que ella no quería. Hanami estaba a punto de llorar. Llevaba años en el club de hostess y la había visto así en más de una situación, pero ésta vez ella estaba fuera del local, completamente vendida al cliente. Afortunadamente, él estaba presente. El muchacho se levantó de la barra y se acercó a la pareja, donde por fín pudo oir la conversación en voz baja que mantenían
-...pagado ya la habitación de hotel. Si vuelves a negarte, te juro que te arrepentirás-
-Por favor... detente, permíteme volver al club...- sollozaba ella casi en susurros
-Te he pagado la sesión, he pagado la cita en el exterior, te he pagado las copas aquí y el hotel, vas a venir y vamos a ir a la cama sí o sí-
-Eh, tú- Akai llamó la atención del tipo con seriedad
-¿Qué coño quie...? ¡AAAAAAAAAAGHHHH!- vociferó desgañitándose. Akai le había tomado la mano que sostenía a Hanami, lo había soltado y le había clavado un tenedor en el reverso de la mano
-¿Quién coño te crees que eres, media mierda?- gruñó furioso, agitando el tenedor en círculos, agravando la herida. La mesa no tardó en encharcarse de sangre. Hanami gritaba. Todo el local se volvió un caos en segundos. La clientela comenzó a huir despavorida, preocupada, temerosa por la actitud de aquel extraño hombre de aspecto extranjero
-Hanami, vuelve al local- dijo apresurado, sacando unos billetes del bolsillo para un taxi -¡Vete!- ordenó
-¡MALDITO LOCO, HIJO DE PUTA!- gritaba de dolor el cliente -¡TE VOY A DENUNCIAR! ¡AAAARGH!-
-¡Cállate!- Akai le agarró de la cabeza y se la estrelló contra la misma mesa varias veces. Cuando el tipo la levantó, la nariz y la boca le sangraban profusamente
-¡¿Estás loco?!- vociferó Kitase, apresurándose a separar a Akai de aquel hombre
-¡NO SABES CON QUIÉN TE HAS METIDO, EXTRANJERO DE MIERDA!- vociferaba el herido
-¡LARGO! ¡Fuera de mi local, gentuza! ¡Malhechor!- ordenaba Kitase -¡Voy a llamar a la policía!- Rose, desde la barra, aseguró que ella se encargaría -¡No! ¡Tú, mujer! ¡Largo de aquí! ¡Fuera los dos! ¡Esto es lo que nos ha causado tu amiguito!- Rose se quedó a cuadros ¿Su... amigo? Ella aseguró no conocerlo de nada -¡Os vi hablando mientras le servías una cerveza y es de fuera como tú, no trates de mentirme! ¡No soy imbécil! ¡Largo! ¡Estás DESPEDIDA!- los gritos de Kitase resonaban incluso por encima de los del malherido cliente, que empezaba a marearse por la sangre. Rose no tardó en quitarse los patines y todo cuanto se pudiera considerar uniforme o pertenencia del local y se preparó para salir, con los ojos sin siquiera llenársele de lágrimas debido a la situación tan absurda y repentina que acababa de vivir, resultando en su despido. Cuando se quiso dar cuenta estaba fuera del local, airada, de un humor de perros. Mientras, caminando despreocupadamente hacia otro extremo de la calle, iba él. Kurama Akai. Ese individuo que había causado su despido. Se iba de rositas, con la única sangre encima en sus puños, de aquel hombre malherido. No. No se iba a marchar como si nada hubiese pasado. Todo era culpa suya.
Japón no era, ni mucho menos, lo que siempre había esperado.

Rose se desperezó aún metida dentro del kotatsu. La tarde estaba oscura, lo que indicaba que se había pasado de horas en su siesta improvisada. No es que le gustase holgazanear. Simplemente, se aburría viendo los programas que emitían a aquellas horas en la televisión y echarse una cabezadita de vez en cuando era algo casi involuntario, más aun en días como aquel en los que debía trabajar.

Tras rascarse el pelo, se puso en pie para meterse directamente en el diminuto cuarto de baño que solo ella usaba en aquel piso. Aun no se acostumbraba a no tener una bañera como en casa de sus padres. Sentarse desnuda en un taburete y echarse agua por encima no debía ser bueno en pleno invierno, o eso terminaba por pensar cuando se le erizaba la piel y estornudaba. Cuando terminó, se dirigió hacia el armario caminando de puntillas por un suelo manchado de gotas de agua. Se visitó con una falda de volantes azul, prenda que jamás hubiese vestido en su trabajo anterior. Después, escogió una blusa al azar y por último, se cubrió con un enorme abrigo de lana rosa. Las mangas eran mas largas que sus propios brazos y el largo cubría hasta sus rodillas, cosa que agradecía dadas las temperaturas. Estaba preparada. Apagó las luces del hogar y antes de marcharse, tomó la bolsa pesada que había tras la puerta, justo antes de calzarse los pies. Suspiró pesadamente. Deseó tener a alguien a quien despedir antes de marcharse.

El local de copas Nanami abría sus puertas cada día de la semana a partir de las ocho de la tarde. No era un restaurante ni un lugar donde comer realmente. Se servían en su mayoría copas a los clientes, quienes se componían en grueso de hombres de todas las edades, enchaquetados y cansados de una larga jornada laboral. Casi podía decirse que Nanami estaba aún sometido a adaptaciones y pruebas, pues no llevaba abierto más de medio año y pretendía ser algo innovador. Aquello le hacía gracia a Rose. ¡Como si un local de luces de colores y karaokes en la esquina fuese algo extraordinario en Tokio! Lo menos habitual que quizás podría tener, era que los empleados se paseaban por el local con patines. Y aun así, sospechaba Rose, dadas las dimensiones del país, era casi imposible que la idea no fuese ya compartida.

Fue la última de todos los empleados en llegar y supo que eso no agradó al jefe por como la miró. Tras un año intentando integrarse en la cultura, la puntualidad, la rectitud y la dedicación en vida al trabajo aún no las llevaba muy bien. Tras quitarse el abrigo y atarse los patines que llevaba guardados en la bolsa que tomó de detrás de la puerta de su casa, empezó a repartir bebidas y copas conforme los clientes comenzaron a entrar y a pedir. Su suerte era, que en contra de muchos extranjeros, ella manejaba el idioma japonés de forma segura, al menos en lo que comunicarse se refería. La escritura aun era otro tema. A veces los clientes la miraban con una ligera desconfianza, temiendo que sus rasgos caucásicos fuesen un impedimento a la hora de realizar un buen servicio de atención. Rose odiaba esa desconfianza a veces, sobretodo en los días en los que verdaderamente quería demostrar que era válida para ejercer un oficio en la ciudad. Al principio, encontrar un trabajo le costó muchísimo. Ahora que tenía uno... tenía que darlo todo.

Por suerte, la noche transcurrió tranquila. Los clientes entraban y pocos eran los que se marchaban. El ritmo era fluido sobre los patines, casi daba gusto aquella agilidad. Cuando se situó tras la barra para cubrir al jefe durante una corta ausencia en la que iría a reponer botellas en el almacén, algo captó tremendamente su atención. No, alguien. Un hombre alto, moreno y de ojos claros entró sólo al Nanami. Miró de un lado para otro y tomó asiento en un extremo de la barra. Parecía esperar a alguien, o algo, pero no fue eso lo que entusiasmó a la chica. El hombre no tenía rasgos asiáticos, se parecía más a ella que cualquier persona en kilómetros a la redonda. Sí, en Tokio había muchos flujos turísticos, pero sobretodo eran apreciables en Akihabara, Shibuya o Shinjuku, algo así como los barrios que componían en corazón de Tokio. Barrios que se encontraban una hora en metro como mínimo. En Nerima, el barrio donde residía, era mucho más complicado toparse con un turista.

Sí, parecía estúpida aquella emoción, pero Rose se sintió agradada por tener a un igual, por llamarlo de alguna forma, cerca de ella. No se lo pensó dos veces cuando se dirigió hacia él con los patines desde el otro lado de la barra -¿Qué quiere tomar? Hay bebidas en ofertas solo por esta noche- dijo en un perfecto inglés. Las palabras salieron con gusto de entre sus labios ¿Cuanto hacía que no utilizaba su idioma natal? Sin embargo, no todo fue tan satisfactorio como esperaba. El hombre alzó la mirada y frunció el ceño. -¿América? ¿Reino Unido? ¿Europa?- volvió a preguntar en inglés, a lo que el hombre no respondió durante unos segundos. Rose se puso inevitablemente nerviosa, sobretodo cuando el joven habló en japonés- ¡Sumimasen!- se inclinó -Machigaemashita- se disculpó, dejando ver que se había equivocado. -Perdone, asumí que sabría comunicarme con usted en inglés- añadió, utilizando ahora el idioma nipón. -Que estúpida. Supongo que me he dejado llevar al ver sus rasgos- se mordió el labio -Le invito a la primera copa. Cortesía de la casa por la molestia y el atrevimiento- se volvió a inclinar. Y cuando pensó en lo que había dicho, se arrepintió. ¿Y si el jefe no lo consideraba necesario? ¿Y si el jefe consideraba necesario que habría que invitarle a todas las copas? La responsabilidad y la humildad japonesa nublaban su mente. -Mejor... mejor le invito yo, personalmente- le sonrió. -¿Puede decirme al menos de donde es? Es que voy a quedar como una estúpida si termina la noche y al menos no me voy con la satisfacción de saber de donde es realmente- vovió a morderse el labio -Si no le molesta...-