miércoles, 20 de septiembre de 2017

Japón no era, ni mucho menos, lo que siempre había esperado.

Rose se desperezó aún metida dentro del kotatsu. La tarde estaba oscura, lo que indicaba que se había pasado de horas en su siesta improvisada. No es que le gustase holgazanear. Simplemente, se aburría viendo los programas que emitían a aquellas horas en la televisión y echarse una cabezadita de vez en cuando era algo casi involuntario, más aun en días como aquel en los que debía trabajar.

Tras rascarse el pelo, se puso en pie para meterse directamente en el diminuto cuarto de baño que solo ella usaba en aquel piso. Aun no se acostumbraba a no tener una bañera como en casa de sus padres. Sentarse desnuda en un taburete y echarse agua por encima no debía ser bueno en pleno invierno, o eso terminaba por pensar cuando se le erizaba la piel y estornudaba. Cuando terminó, se dirigió hacia el armario caminando de puntillas por un suelo manchado de gotas de agua. Se visitó con una falda de volantes azul, prenda que jamás hubiese vestido en su trabajo anterior. Después, escogió una blusa al azar y por último, se cubrió con un enorme abrigo de lana rosa. Las mangas eran mas largas que sus propios brazos y el largo cubría hasta sus rodillas, cosa que agradecía dadas las temperaturas. Estaba preparada. Apagó las luces del hogar y antes de marcharse, tomó la bolsa pesada que había tras la puerta, justo antes de calzarse los pies. Suspiró pesadamente. Deseó tener a alguien a quien despedir antes de marcharse.

El local de copas Nanami abría sus puertas cada día de la semana a partir de las ocho de la tarde. No era un restaurante ni un lugar donde comer realmente. Se servían en su mayoría copas a los clientes, quienes se componían en grueso de hombres de todas las edades, enchaquetados y cansados de una larga jornada laboral. Casi podía decirse que Nanami estaba aún sometido a adaptaciones y pruebas, pues no llevaba abierto más de medio año y pretendía ser algo innovador. Aquello le hacía gracia a Rose. ¡Como si un local de luces de colores y karaokes en la esquina fuese algo extraordinario en Tokio! Lo menos habitual que quizás podría tener, era que los empleados se paseaban por el local con patines. Y aun así, sospechaba Rose, dadas las dimensiones del país, era casi imposible que la idea no fuese ya compartida.

Fue la última de todos los empleados en llegar y supo que eso no agradó al jefe por como la miró. Tras un año intentando integrarse en la cultura, la puntualidad, la rectitud y la dedicación en vida al trabajo aún no las llevaba muy bien. Tras quitarse el abrigo y atarse los patines que llevaba guardados en la bolsa que tomó de detrás de la puerta de su casa, empezó a repartir bebidas y copas conforme los clientes comenzaron a entrar y a pedir. Su suerte era, que en contra de muchos extranjeros, ella manejaba el idioma japonés de forma segura, al menos en lo que comunicarse se refería. La escritura aun era otro tema. A veces los clientes la miraban con una ligera desconfianza, temiendo que sus rasgos caucásicos fuesen un impedimento a la hora de realizar un buen servicio de atención. Rose odiaba esa desconfianza a veces, sobretodo en los días en los que verdaderamente quería demostrar que era válida para ejercer un oficio en la ciudad. Al principio, encontrar un trabajo le costó muchísimo. Ahora que tenía uno... tenía que darlo todo.

Por suerte, la noche transcurrió tranquila. Los clientes entraban y pocos eran los que se marchaban. El ritmo era fluido sobre los patines, casi daba gusto aquella agilidad. Cuando se situó tras la barra para cubrir al jefe durante una corta ausencia en la que iría a reponer botellas en el almacén, algo captó tremendamente su atención. No, alguien. Un hombre alto, moreno y de ojos claros entró sólo al Nanami. Miró de un lado para otro y tomó asiento en un extremo de la barra. Parecía esperar a alguien, o algo, pero no fue eso lo que entusiasmó a la chica. El hombre no tenía rasgos asiáticos, se parecía más a ella que cualquier persona en kilómetros a la redonda. Sí, en Tokio había muchos flujos turísticos, pero sobretodo eran apreciables en Akihabara, Shibuya o Shinjuku, algo así como los barrios que componían en corazón de Tokio. Barrios que se encontraban una hora en metro como mínimo. En Nerima, el barrio donde residía, era mucho más complicado toparse con un turista.

Sí, parecía estúpida aquella emoción, pero Rose se sintió agradada por tener a un igual, por llamarlo de alguna forma, cerca de ella. No se lo pensó dos veces cuando se dirigió hacia él con los patines desde el otro lado de la barra -¿Qué quiere tomar? Hay bebidas en ofertas solo por esta noche- dijo en un perfecto inglés. Las palabras salieron con gusto de entre sus labios ¿Cuanto hacía que no utilizaba su idioma natal? Sin embargo, no todo fue tan satisfactorio como esperaba. El hombre alzó la mirada y frunció el ceño. -¿América? ¿Reino Unido? ¿Europa?- volvió a preguntar en inglés, a lo que el hombre no respondió durante unos segundos. Rose se puso inevitablemente nerviosa, sobretodo cuando el joven habló en japonés- ¡Sumimasen!- se inclinó -Machigaemashita- se disculpó, dejando ver que se había equivocado. -Perdone, asumí que sabría comunicarme con usted en inglés- añadió, utilizando ahora el idioma nipón. -Que estúpida. Supongo que me he dejado llevar al ver sus rasgos- se mordió el labio -Le invito a la primera copa. Cortesía de la casa por la molestia y el atrevimiento- se volvió a inclinar. Y cuando pensó en lo que había dicho, se arrepintió. ¿Y si el jefe no lo consideraba necesario? ¿Y si el jefe consideraba necesario que habría que invitarle a todas las copas? La responsabilidad y la humildad japonesa nublaban su mente. -Mejor... mejor le invito yo, personalmente- le sonrió. -¿Puede decirme al menos de donde es? Es que voy a quedar como una estúpida si termina la noche y al menos no me voy con la satisfacción de saber de donde es realmente- vovió a morderse el labio -Si no le molesta...-

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