miércoles, 20 de septiembre de 2017

-¡Cúbrete!- el boken, una katana de madera, se encontró frente a frente con otra, causando un restallido descorazonador. Ambos hombres estaban sudados y faltos de aliento tras varias horas de entrenamiento sin descanso, y no sólo eso, pues por igual los dos hombres compartían el detalle de que sus espaldas estaban tatuadas. Kurama Shohei era mayor, de unos 50 años. En sus tatuajes se podía vislumbrar una katana rodeada de flores de sakura y un dragón enroscado en la hoja como si fuese una cadena que la inmoviliza. Para Shohei, tenía un gran significado. El valor, la sabiduría y la voluntad es lo que sostiene el poder, o al menos, lo que debería sostenerlo. Kurama Akai, su hijo adoptivo, portaba un siniestro tatuaje de un shinigami, un dios de la muerte del folclore nipón, en un baile de colores negros, azules y morados. Un espectro oscuro con una máscara demoníaca morada entre flores azules de bordes negros. Para Akai, su tatuaje simbolizaba la muerte, una realidad que le rodeaba desde que apenas era un bebé y que se había prolongado por el resto de su vida, eludiéndole a él por alguna razón. Shohei, quien le había hallado tras sufrir sus padres el accidente que puso fin a sus vidas, lo crió como su propio hijo y lo instruyó en sus estrictas creencias y pensamientos basados en las viejas costumbres de un periodo que ya quedó muy atrás, precisamente cuando japón se dio a conocer al mundo y fue invadido por costumbres de occidente. Sin embargo, a pesar de esa mente cerrada, Shohei no permitió que el origen racial de Akai se convirtiese en óbice para abrirle su corazón. El chico creció leal, fuerte y servicial. Era ahora uno de sus mejores hombres, su teniente consejero en la familia Kurama, una de las más poderosas, si no la que más, en el Clan Ryu, el más notorio y poderoso de los clanes yakuza que poblaban japón -Bien... así me gusta- resopló
-¿Un descanso?- sonrió Akai con malicia -Los hombres mayores deben sentarse a menudo a reposar los músculos-
-Ah, mocoso- la mirada de Shohei brilló con avidez -No me tientes a dejarte sin lengua-
-No te ofendas, padre. Te enfurecerás y perderás la concentración- siguió con tono burlesco -Además, por tu edad, ya no estás para demasiados trotes-
-¡Pero serás maleducado!- Shohei retiró el boken para asestar de nuevo un golpe desde arriba directo a la cabeza de Akai, con ganas de dejarle un buen chichón, pero simplemente había caido en la trampa del joven que aprovechó para hacerse a un lado y golpear con levedad la cadera de su padrastro, a quien consideraba simple y llanamente su padre, a secas -¡Oh...!-
-Picaste. De nuevo. Siempre pasa lo mismo- rió Akai, quitándose el sudor de la frente
-Tengo que admitir que eres un chico listo. Siempre sabes donde pincharme- Shohei suspiró -Quizá realmente me vuelvo viejo, hijo-
-No digas tonterías. Eres joven aún. Y muy fuerte. Me tiemblan los brazos de sólo resistir los golpes que lanzas- le puso una mano en el hombro a su padre -Espero, cuando llegue a tus años, ser igual que tú-
-Serás mejor. Oh, sí. Estoy seguro, querido Akai, de que serás mejor- ambos se sonrieron con calidez -¡Pero bueno! ¡Mira qué hora es!- se alertó el patriarca de la familia Kurama -Tengo que reunirme con los capitanes. Voy a llegar tarde si me retraso-
-De acuerdo- asintió Akai -Yo me pasaré por Kabukicho a ver qué se cuece...-
-He pensado que mejor te pases hoy por el Diamond- aclaró el patriarca secándose con una toalla el sudor y vistiéndose con aquella chaqueta morada tan llamativa, a juego con sus pantalones -Tanaka está en ciertos problemas. Mucho me temo que no va a estar pendiente del local hoy-
-¿Ha pasado algo?-
-Ha pasado que le han visto hablando en un callejón apartado con cierta agente de policía. Tendremos que arreglar esos asuntos con él antes de que algo suceda- Akai se echó a reir
-¿Y si sólo estaba ligando?-
-En ese caso los moratones serán más leves- se mofó Kurama -Ve, Akai. Ocúpate de esto-
-Sí, señor- se inclinó respetuosamente ante su padre, que a su vez, era su jefe. Se secó por igual con la toalla y se vistió con su chaqueta negra sobre una camisa roja y se dispuso a partir.

Al igual que otros muchos locales especializados para el ambiente nocturno, el Diamond, un club de chicas para clientes selectos, no en exceso, pero no era un lugar en el que cualquier camarero podría permitirse pasar una noche charlando y disfrutando de unas bebidas con las chicas. A eso de las 8 y media, cuando el local ya llevaba media hora abierto, fue cuando Akai hizo acto de presencia. Ayako no tardó en acercarse a él con graciosos pasitos y saludarle con una efusiva inclinación de cabeza -¡Akai-san, bienvenido!-
-Hola Ayako- sonrió el muchacho con cortesía
-¿Vienes a pasar un rato con nosotras?- por práctica, la chica tomó la mano de Akai y lo invitó en dirección a una de las mesas -¡Aún no estamos llenos!- pero Akai retiró la mano con suavidad
-Hoy estoy aquí por mero servicio. Me encargo de la seguridad-
-¿Seguridad? Pero si ha venido Yukito-kun- rió graciosa la chica
-¿Yukito?- Akai arqueó la ceja
-Sí, está allí- la chica señaló hacia una lejana esquina y, claramente, Yukito, uno de los hombres de Kurama, estaba presente en el local tomando una cerveza, vigilando que todo funcionase correctamente
-Pues vaya un problema...- se rascó la nuca, perezoso -El jefe me ha destinado aquí-
-Pues sí que es un problema entonces- rió Ayako -¡Va, pasa y divirtámonos!-
-No puedo, Ayako-
-¡Malo! ¡Akai-san es malo!- infló los mofletes de forma adorable, pero Akai no cayó ni un ápice en sus encantos, que no eran pocos, como el resto de chicas
-¿Dónde está Hanami?- se cuestionó al no verla por los alrededores -¿Se está cambiando?-
-¿Eso quieres saber, pervertido-senpai?-
-Hablo en serio- suspiró
-Eres aburrido- se quejó Ayako cruzándose de brazos. Akai le permitía ese comportamiento. Esa dulzura e infantilismo entrañable de la joven, que apenas tenía 20 años recién cumplidos, a juego con una belleza brillante y un cuerpo llamativo para su edad, la hacía una de las estrellas del lugar, aunque no la que más. Además solía divertir mucho a los clientes comportándose así, como una chica manga de un comic corriente. Era precisamente Hanami la estrella. La cabeza de cartel, y no estaba a la vista. Hanami siempre estaba. Hanami siempre tenía filas de clientes esperándola
-¿Dónde está, Ayako?- Akai la tomó de los hombros
-Akai-san...- se ruborizó -Qué manos más fuertes...-
-¡Ayako!- la zarandeó con suavidad -Deja de jugar ¿Ha pasado algo?-
-Ay ¡Que no! No te amargues tanto- se quitó las manos de Akai de encima -Sólo ha salido con un cliente. A tomar unas copas. No hace mucho-
-¿Están por Kabukicho?-
-Oí decir al cliente que quería ir a un lugar más tranquilo-
-Llámala- ordenó. Ayako suspiró de aburrimiento, pero obedeció al yakuza. Sacó un movil rosita adornado con orejitas de conejo y llamó. El teléfono sonó durante largo rato hasta que por fin lo cogió
-¡Ha-na-mi-chaaaaaan!- saludó divertida -¿Dónde estás?- la voz de Hanami sonaba al otro lado de la línea -¿Eh? ¿Nerima?-
-¿Allí...?- reflexionó Akai
-No, no, por nada. No pasa nada- rió Ayako -Es sólo para asegurarme de que estás bien-
-Pregunta en qué local está-
-¿Algún lugar concreto, brivona?- la voz sonó -Nanami. No me suena- la voz volvió a sonar -Ah, sí. Lo sé, disculpa. Bye bye~- y colgó -Nanami dice que es el local- se rascó la sien -El cliente parece haberse ofendido un poco porque ha cogido el teléfono-
-Entiendo- Akai se dio media vuelta y se dispuso a marchar
-¡Eh! ¿Akai-san? ¿Dónde vas?-
-A disculparme con el cliente- dijo sin más, antes de desaparecer.

Aproximadamente media hora después Akai llegó a Nerima. Un barrio humilde, tranquilo, sin demasiado movimiento. Encontrar el local llamado Nanami no fue extraordinariamente difícil. Ya desde fuera, a través de los ventanales, pudo comprobar que en efecto, allí estaba Hanami junto al cliente. Aquel tipo no era alguien cualquiera y ya de por sí, ambos destacaban entre el resto de la clientela. Decidido a asegurarse que la estrella del local estuviese a salvo y debido a que no tenía otra cosa que hacer, entró en el local para dirigirse a uno de los extremos de la barra. Estaba centrado en intentar oir dificultosamente la conversación de Hanami con aquel individuo cuando le asaltó de pronto una camarera que era poco o nada japonesa hablándole en inglés. Akai la miró como quien mira una pared de ladrillos. La chica siguió hablando hasta que se percató de que no hablaba inglés. Se disculpó formalmente y ofreció invitar -Por favor, relájate- rió Akai, que apenas hablaba un poco de inglés. Al haber crecido en el seno de Kurama Shohei, sólo sabía japonés aunque lo educaran en el idioma occidental. No se le daba mal, pero la falta de práctica se lo había oxidado por completo -Es normal. Es frecuente en mi vida que hombres y mujeres por iguales me consideren extranjero. Mi día a día es un constante lidiar con gaijin hunters- se mofó y ambos rieron. Gaijin hunters. Seguramente ella habría coincidido con alguno, japoneses que se hacían falsos amigos o amigas de un extranjero, hasta el punto de que casi parecía ser una especie de pareja, sólo por hacerse fotos y fardar de una compañía exótica. Curiosos, estos japoneses -Y por cierto, soy de Tokio- sonrió encantador -Quiero decir... No sé exáctamente de dónde soy. No nací aquí, o eso creo. Al menos mis padres no eran de aquí como se puede apreciar por mis rasgos. Simplemente, dejémoslo en que actualmente, vivo en Tokio y en ocasiones en Nara- la chica lo estudió ligeramente ¿Realmente era de japón? -Puedo entender que por tu curiosidad tú no lo eres- ella rió. No, efectivamente, no era el mismo caso. La chica llevaba apenas un año en japón -Pues tu dominio del lenguaje es prácticamente nativo- ella se encogió de hombros. Cosas de su vida. Historias largas y aburridas. Ambos se quedaron mirando el uno al otro durante un instante -¿Cómo te llamas?- Rose, se presentó -Me llamo Akai. Kurama Akai- ambos inclinaron ligeramente la cabeza -Y déjame decirte algo Rose si me pones una cerveza- la chica fue rápida y hábil a la hora de servirle. Akai tomó el vaso y dio un largo y agradecido trago. Sentir el frescor relajándole el gaznate fue dulce a pesar del amargo del sabor de la cerveza -Me encantan las historias largas- ambos se sonrieron. Por un pequeña instante, la chica ladeó ligeramente la cabeza para después mirarle de nuevo a los ojos. Se atrevió a preguntar si, por alguna razón, le estaba intentando tirar los tejos -Si tirarte tejos a la cabeza sirve para algo que no sea matarte- ella se echó a reir. Era una expresión más occidental -¿Y qué significa?- tirarle los tejos a alguien era la intención de ligar, intimar -Oh, ya veo- se llevó el vaso de cerveza a los labios y la miró intensamente -No lo sé, Rose ¿Tengo posibilidades?- la conversación habría avanzado de forma interesante de no ser porque el jefe de Rose, Osamu Kitase, apareció hecho un vendaval del almacén
-¡Rose!- vociferó -¡Rose!- la chica se disculpó y fue a atender a su jefe con celeridad -¿Dónde has metido las botellas de whiskey? ¡No están por ningún lado y hay que reponer!- mientras Rose trataba de explicar a su estresado jefe que ella no las había tocado desde que se compraron, Akai volvió a centrar toda su atención en el motivo por el que ahí estaba. Ahora que la chica no le distraía, pudo fijarse en la escena. Hanami tenía los ojos enrojecidos y la cabeza gacha. El cliente la agarraba de la muñeca. Cualquiera que no prestara atención pensaría que estaban haciendo manitas con algo de vergüenza, pero Akai ya había visto esa escena incontables veces. Ese tipo la estaba forzando. La estaba obligando a algo que ella no quería. Hanami estaba a punto de llorar. Llevaba años en el club de hostess y la había visto así en más de una situación, pero ésta vez ella estaba fuera del local, completamente vendida al cliente. Afortunadamente, él estaba presente. El muchacho se levantó de la barra y se acercó a la pareja, donde por fín pudo oir la conversación en voz baja que mantenían
-...pagado ya la habitación de hotel. Si vuelves a negarte, te juro que te arrepentirás-
-Por favor... detente, permíteme volver al club...- sollozaba ella casi en susurros
-Te he pagado la sesión, he pagado la cita en el exterior, te he pagado las copas aquí y el hotel, vas a venir y vamos a ir a la cama sí o sí-
-Eh, tú- Akai llamó la atención del tipo con seriedad
-¿Qué coño quie...? ¡AAAAAAAAAAGHHHH!- vociferó desgañitándose. Akai le había tomado la mano que sostenía a Hanami, lo había soltado y le había clavado un tenedor en el reverso de la mano
-¿Quién coño te crees que eres, media mierda?- gruñó furioso, agitando el tenedor en círculos, agravando la herida. La mesa no tardó en encharcarse de sangre. Hanami gritaba. Todo el local se volvió un caos en segundos. La clientela comenzó a huir despavorida, preocupada, temerosa por la actitud de aquel extraño hombre de aspecto extranjero
-Hanami, vuelve al local- dijo apresurado, sacando unos billetes del bolsillo para un taxi -¡Vete!- ordenó
-¡MALDITO LOCO, HIJO DE PUTA!- gritaba de dolor el cliente -¡TE VOY A DENUNCIAR! ¡AAAARGH!-
-¡Cállate!- Akai le agarró de la cabeza y se la estrelló contra la misma mesa varias veces. Cuando el tipo la levantó, la nariz y la boca le sangraban profusamente
-¡¿Estás loco?!- vociferó Kitase, apresurándose a separar a Akai de aquel hombre
-¡NO SABES CON QUIÉN TE HAS METIDO, EXTRANJERO DE MIERDA!- vociferaba el herido
-¡LARGO! ¡Fuera de mi local, gentuza! ¡Malhechor!- ordenaba Kitase -¡Voy a llamar a la policía!- Rose, desde la barra, aseguró que ella se encargaría -¡No! ¡Tú, mujer! ¡Largo de aquí! ¡Fuera los dos! ¡Esto es lo que nos ha causado tu amiguito!- Rose se quedó a cuadros ¿Su... amigo? Ella aseguró no conocerlo de nada -¡Os vi hablando mientras le servías una cerveza y es de fuera como tú, no trates de mentirme! ¡No soy imbécil! ¡Largo! ¡Estás DESPEDIDA!- los gritos de Kitase resonaban incluso por encima de los del malherido cliente, que empezaba a marearse por la sangre. Rose no tardó en quitarse los patines y todo cuanto se pudiera considerar uniforme o pertenencia del local y se preparó para salir, con los ojos sin siquiera llenársele de lágrimas debido a la situación tan absurda y repentina que acababa de vivir, resultando en su despido. Cuando se quiso dar cuenta estaba fuera del local, airada, de un humor de perros. Mientras, caminando despreocupadamente hacia otro extremo de la calle, iba él. Kurama Akai. Ese individuo que había causado su despido. Se iba de rositas, con la única sangre encima en sus puños, de aquel hombre malherido. No. No se iba a marchar como si nada hubiese pasado. Todo era culpa suya.

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