Salió del local angustiada. No podía ser cierto ¡Si no era culpa de ella! El jefe había malentendido la situación. Había creído que eran amigos, solo porque ambos habían decidido de propia cuenta resultarse llamativos el uno al otro. ¡¿Y por qué diantres ese hombre había tenido que actuar así?! No le daba explicación. ¿A caso era un delincuente? Le había dejado la cara magullada a ese hombre. Rose bufó y se despeinó los cabellos. ¿Por qué estaba teniendo tan mala suerte? ¿Por qué Japón no era lo que sus padres le habían prometido...? Al dejarse los cabellos, observó que Akai, aquel joven, caminaba a paso tranquilo por la calle de la derecha, como si nada hubiese ocurrido. Por un momento la chica quiso obviarle. De hecho, cruzó de acera para irse a su casa... pero al pensar de nuevo en lo estúpido que todo había sido, en las consecuencias que iba a tener aun siendo inocente, su corazón se encendió más aún. Apretando los puños, caminó a paso ligero, hasta casi correr, para alcanzar a aquel hombre que se recolocaba los ropajes con desgana. -¡Eh! ¡Eh!- gritó, pero el chico no hizo ni si quiera el intento de detenerse -¡Se que me estas oyendo! ¡Deja de ignorarme! ¡¿Tienes idea de lo que has hecho?! ¡¿De lo que me has hecho?!- volvió a gritar. A Rose le iba el corazón a mil por hora. No podía obviar que era un hombre que acababa de darle una paliza a otro ¿Que razón tenía para pensar que no haría lo mismo con ella? Más aún si le estaba provocando con sus gritos. Decidió no oír los acelerados latidos de su corazón y continuar con sus improperios -¡Dígnate a mirarme al menos!- conforme andaba detrás de él, la gente de las casas colindantes cerraban persianas y ventanas, creyendo quizá que los gritos procedían de una persona borracha. Chillar o armar escándalo en las calles de Tokio era de tener poca educación. En aquel momento, a Rose le daba igual la educación. -¡Me has dejado sin trabajo! ¡¿Tienes idea de lo que me había costado que me aceptaran?! ¡¿Qué se supone que debo hacer ahora?! ¡Cabrón!- pateó una piedra que se encontraba a sus pies, la cual fue directa a chocar contra el pie del hombre. Esta vez si, se paró. -¡He perdido mi medio para conseguir dinero por tu culpa! ¡Si no encuentro nada voy a tener que volver a casa! ¡¿Qué voy a decir?! ¡¿Que un psicópata desquiciado estropeó mi noche y me relacionaron con él?!- Al girarse, lanzó a la chica una mirada carente de emociones, aburrida. -Me has arruinado...- dijo esta vez, en voz baja. Akai suspiró. Resultó que se había parado porque a su lado, estaba su propio coche apartado. Abrió la puerta tras tocar la llave y se encerró en el vehículo. ¿Que más iba a hacer Rose? ¿Desvalijarle? ¿Provocarle aún más? Fue a marcharse indignada cuando el joven bajó la ventanilla. Rebuscó en el interior de su chaqueta hasta dar con una tarjeta de color blanco y rosa, la cual cedió a la chica al extender el brazo. Por un momento, Rose no entendió. En la tarjeta, muy bien decorada y cuidada, se reflejaba el nombre de ''Club Diamond'' -¿Qué... qué es esto?- Un club. Podía trabajar ahí. -¿Un club? ¿Qué clase de club?- Un club hostess, un club de chicas de compañía. La chica pestañeó y luego montó en cólera. -¡¿Te estás burlando de mi?! ¡¿Consigues que me despidan y ahora me pides que trabaje de puta?! ¡¿Eres un proxeneta?! ¡¿Así captas a la chicas o te estas quedando conmigo?!- De forma aburrida, el hombre suspiró, para aclarar que no era un club de prostitutas. Las chicas del club hostess solo ofrecían compañía y en ningún caso eran tocadas por ningún cliente, de ninguna forma. No si no querían. -Qué... No... En serio... Esto debe ser una broma- Akai puso los ojos en blanco y cerró la ventanilla, no sin antes asegurar que su teléfono estaba en la parte trasera de la tarjeta. El segundo numero. Tras aquello, pisó el acelerador y se marchó, dejando a Rose sola e incrédula. -Y una mierda...-
Los días pasaron tras aquel incidente. Rose se quedó sin empleo, y por tanto, sin nada que hacer una vez más. Tras lo sucedido, no pudo hacer otra cosa que buscar trabajo desesperadamente. Se enfrentó a varias entrevistas relacionadas con puestos de servicios en locales en las que su perfil no terminó de convencer del todo. Al principio, contuvo la paciencia, pero conforme pasaban los días, empezó a desesperarse. Su anterior sueldo no era muy bueno y apenas le daba para pagar gastos. Solo de imaginarse volviendo a su casa para ver la decepción en la cara de sus padres, hacía que sintiese ganas de acostarse en el futón y no hacer nada más hasta que el casero del piso la echase a patadas de allí.
Aquel viernes, había terminado de recorrerse todo el barrio de Nerima a pie y gran parte de los barrios colindantes tras moverse en metro. Nada. Quizá no tenía suerte y los japoneses no confiaban en ella, o simplemente Japón no era para ella, por mucho que hubiesen estado tratando de convencerla desde pequeña. Cansada y sedienta, se detuvo ante una máquina expendedora de té y café cercana a su casa. Sacó de su bolso su pequeña cartera en forma de gato. Al abrirla, sólo descubrió algunas monedas y los billetes con los que podría pagar su alquiler un mes mas... y ya esta. Suspiró resignada, tras tomar la moneda y sacar un café caliente de la maquina. Mentiría si dijese no había pensado en Akai durante toda la semana. Y nada bueno, desde luego. Pero, siendo la única oferta de trabajo que tenía a mano... ¿La debería seguir ignorando?.
Al llegar a casa, encendió el ordenador portátil de segunda mano que había comprado hacía ya meses. A su entender, una chica de compañía era algo similar a una prostituta. Pero siendo Japón... quizás para ellos tuviese otro significado. Navegó en la red durante horas, buscando el significado de la palabra ''Hostess'' y todo lo que el trabajo de aquellas señoritas implicaba. Todo lo que encontró, se ajustaba a la descripción que Akai le dio. Mujeres jóvenes que entretenían a hombres sin que la relación entre ambos llegase a ser sexual. Algunas web sugerían que a veces no era así, y que si la chica en cuestión accedía a tal relación intima, sería bajo su consentimiento y a cambio de una remuneración más gruesa. Por último, encontró que la mayoría de los club de hostess se encontraban en Kabukicho, el barrio rojo de Shinjuku, frecuentemente visitado por la Yakuza japonesa, dado que eran los dueños de varios locales del mismo. Por un momento, un escalofrío recorrió el cuerpo de Rose. Tomó la tarjeta. Bajo el logo del local se hallaba la dirección del mismo. Kabukicho. Tras dejar la tarjeta sobre el kotatsu, la chica volvió a pensar en Akai y en su violencia, y a la vez, recordó las palabras exactas con las que había leído sobre que clanes Yakuza regentaban locales. Una idea un tanto rara se le pasó en ese preciso instante por la cabeza, pero trató de convencerse así misma que un cabrón con pintas de extranjero nunca podría ser un mafioso japones. Y si lo era, por muy remota posibilidad que fuese, para trabajar no debería influirle... ¿Verdad? -¡Ag! Me duele la cabeza de pensar...- Se dejó caer sobre la superficie del kotatsu, dándose con la cabeza sobre el teclado del ordenador. ¿Qué debía hacer...? ¿Qué debía hacer...? Tras pensárselo mucho, esa noche, marcó el número de Kurama Akai. Pero no llamó. Solamente le escribió un mensaje, porque no estaba segura de si escuchar su voz despertaría una rabia interna en ella que la llevaría a insultarle en vez de pedirle trabajo.
-''Quiero trabajar. Necesito mi trabajo''-
Al escribir aquello y enviarlo, sintió remordimientos. De repente se arrepintió. ¿Tanto temía decepcionar a sus padres si volvía? ¿Por qué no tenía agallas?. De repente, el móvil vibró. Apareció una ventana emergente.
-''Ok''-
¡¿Ok?! -¿Ok? ¿Como que solo Ok? ¿Serás cabrón?- gruñó. ¿Que manera era esa de aceptar un trabajo? ¡¿Y ya esta?! ¡¿Solo Ok?! ¡¿De verdad que no era aquello una broma?! Rose sintó deseos de tirar el móvil por la ventana. Quizá lo hubiese hecho, de no ser porque volvió a vibrar.
-''Mañana a las ocho. Dirección en la tarjeta''-
Y ya esta. Rose apretó los puños, rabiosa. Y finalmente, exhaló. No había nada que hacer. Ya estaba hecho. Quizás iba a arrepentirse muy pronto.
La chica se pasó el resto de la noche y toda la mañana siguiente indagando aún más en el oficio de hostess para saber como manejarse. No estaba negativa, simplemente sabía que no se le iba a dar bien. No se consideraba simpática, agradable ni nada por el estilo que pudiese gustarle a un hombre japonés. Tras estudiar detenidamente como se vestían las chicas, escogió de su armario el único vestido que se había traído de casa mínimamente elegante. Se trataba del vestido rosa que usó para su graduación en el instituto. Era muy hortero. Pero aún le quedaba algo bien, y a juzgar por los gustos japoneses... no desencajaba tanto.
Se armó de valor al subir al metro con un vestido tan corto, el cual fue intentando bajarse cada minuto. Estaba incómoda, estaba nerviosa, atacada de los nervios. El tren hizo su parada cerca de Kabukicho y ella bajó. No acostumbraba a salir de Nerima porque su orientación era muy mala, y al ver la cantidad de gente que se movía de un lado para otro, no se arrepintió. Se sintió abrumada entre tanto gentío, de manera que le costó varios minutos ubicarse y llegar hasta las grandes puertas rojas. Nadie parecía mirarla. Allí todas vestían igual. Caminó entre las calles buscando la dirección que había en la tarjeta, y cuando dio con el local... no se sintió extrañada. Lucía igual que todos los que había visto por internet. Grande y con un gran cartel lleno de chicas fuera, como si se tratase del menú de la casa.
Con los pies temblando por la poca costumbre de caminar sobre tacones, entró al local. Rápidamente, la recibió un hombre joven de aspecto amistoso. Llevaba una pequeña placa en el pecho. Tenía pinta de recibir clientes. -Buenas noches, señorita. ¿Mesa para una?- Rose frunció el ceño.
-No... no vengo a por chicas. Vengo a trabajar-
-¿Trabajar?-
-Verá... me dieron esta tarjeta- Rose enseñó la tarjeta tras sacarla del bolso. Aquel hombre lo entendió rápidamente, sin echar si quiera un vistazo.
-¡Oh! Eres la chica que viene de parte de Kurama-san-
-Sí... eso creo-
-¡Eh! ¡Yuki-san!- gritó el joven, al tiempo que una chica de la misma edad que Rose aparecía. De la misma edad, sí, pero de apariencia mucho más infantil. Vestía un trajecito celeste y su pelo oscuro y liso estaba decorado con lacitos a juego.
-¿Un cliente?- preguntó la chica con dulzura.
-No, una compañera. ¿Su nombre?-
-Rose... Rose Miller-
-Esta chica viene por favor de Kurama-san. Por favor, ponla al día si aún no tienes clientes- La chica,
Yuki-san. hizo una mueca de desgana.
-Pero si es extranjera, Matsuda-kun-
-Ya... pero, viene de parte de Kurama-san. Quizá han llegado clientes con interés de tener una compañía de fuera-
-Si, ya... Esta bien, chica. Ven- Yuki tomó de la mano a Rose, instándola a ir con ella hacia una pequeña habitación parecida a un vestuario. Claro que antes de llegar hasta allí, cruzaron el club... y Rose jamás pensó que pudiese haber tantos clientes dentro, todos separados con enormes respaldos, todos en intimidad con chicas... y a la vez tan unidos a los demás. -Escucha bien. Puede que tenga pronto un cliente y no podré explicarte. Aquí estan las tarjetas- señaló a un tocador donde reposaban tarjetas blancas -La semana que viene tendrás una propia con tu foto, de momento ahora escribe tu nombre y las cosas que te gustan. Procura que las cosas que te gusten, tambien puedan gustarles a los clientes-
-¿Y como sabré eso? ¿Qué cosas?-
-Algunas ponemos la bebida, otras ponemos los hombres con barba... tienes que ser original. Tu nombre es Rose ¿No?-
-Sí-
-Pues aquí usaras otro. Todas usamos un nombre distinto- La rapidez con la que Yuki hablaba empezaba a marear, sobretodo porque ya no usaba el tono dulce de antes, sino uno más serio. Como si una de las dos facetas fuese solamente una actuación -A ver... Chiyo. Te llamarás Chiyo-san-
-Vale...-
-Aquí todas tenemos caché. Algunas noches tendrás mas clientes y otras menos. Cuanto más caché tengas, más solicitada estarás.-
-¿Y que tengo que hacer exactamente? ¿Sólo dar compañía?-
-¡No! ¡Compañía puede darla incluso una muñeca! Nosotras ofrecemos más. A ver... los clientes cuando entren, pagarán una entrada fija pero sin consumiciones. Tienes que procurar que consuman, y mucho- De repente, Rose empezó a entender de donde llegaban los beneficios del negocio -Procura incluso que te inviten a ti. Todo dinero dejado aquí, te hará buena trabajadora aquí. Además de eso, tienes que dar buena conversación. Sé flexible. No hables de un solo tema. Procura saber siempre de qué querrán hablar ellos. Ríe cuando cuenten algo gracioso, aunque no te haga gracia. Sé, sobretodo, persuasiva. Y... eso es todo, creo-
-Vaya... realmente es mucho. ¿Qué hago si me invitan a beber? No estoy muy acostumbrada-
-Vomitalo en el baño y perfúmate después. ¡Ah! ¡Si! Una ultima cosa, Chiyo-san. Algunos clientes entienden las normas y otros... siempre procurarán ir más allá. Si no quieres que te toquen, de forma tranquila y siempre amigable expresarles tu incomodad. Pero, claro, no quieras que no te rocen ni un solo brazo. Procura ser flexible con ellos. Ahora sí, creo que está todo.
-¡Yuki-san! ¡El señor Takano quiere tus servicios esta noche!- sonó una vez desde el exterior.
-¡Voooy!- sonrió de nuevo de forma dulce. -¡Suerte, Chiyo-san! Esta noche la tendrás tranquila-
-¿Por qué?-
-No se... no creo que nadie te quiera- soltó sin más, para luego marcharse.
-¿Perdona...?- gruñó Rose. De repente, entendió que quizá Yuki no iba a ser una buena compañera. Al salir de vestuario, observó de nuevo el local. Tantos clientes, tantas risas, tanto alcohol... Japón no era lo que ella esperaba.
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