Los pasos orgullosos de Rose, como debió prever, no tardaron mucho en ser interrumpidos por un par de hombres que desconocía por completo. Al igual que Akai, no eran individuos que parecieran trabajar en el local. Tenían un aspecto amenazante al igual que aquel muchacho, con la diferencia de que estos eran muy, muy japoneses. Uno de ellos tenía la cabeza rapada y era casi igual de ancho que el armario en el que Rose guardaba su ropa. Ambos, en sus chaquetas de colores llamativos, llevaban un pin cada uno con el mismo kanji -Vuelva a la mesa, señorita- dijo con intento de respetuosidad aquel individuo rapado, aunque no le salía de forma natural. Rose se negó en rotundo y pidió que la dejaran pasar. Le ardía el pecho por el sake -Se lo pido por favor señorita. No me haga llevarla en brazos- ante semejante afirmación, se mantuvo firme, seria, pero reflexiva. Dio un paso atrás, resopló con amargura y se dirigió despacio hacia la mesa donde Akai estaba con aquel hombre de madura edad, sin dejar de ser seguida por esos dos gorilas. Cuando llegó donde los hombres, se encontró con que ambos estaban riendo con alegría, tomando un nuevo vaso de sake, aunque aquel hombre maduro lo bebía en el tradicional platito de pequeño tamaño. Además, no pudo evitar observar que a pesar de la escena, no había absolutamente nadie que los mirara. Ni la más pequeña mirada curiosa los recorría. Era como si no existieran, o como si el resto de la clientela pretendieran hacer que no existían ¿Por qué?
-Ah, Rose- sonrió amablemente el hombre -Por favor, siéntate- la chica se mantenía seria
-Rose- añadió Akai, mirándola con emergencia -Obedece. Siéntate- fue extraño. No fue una orden. Fue una suerte de súplica. Ante aquella extraña reacción la chica se sentó junto al extraño, tal y como le pedía
-Eso es- le mostró la tarjeta que anteriormente le dio a Akai -¿Esto lo has hecho tú?- le dio la vuelta y enseñó el dibujo -Permíteme decirte que, aunque se nota que está hecho de forma apresurada y con cierta pereza, se nota que tienes talento. Es un simple dibujito, pero es entrañable- sonreía con una dulzura atípica
-Él es Kurama Shohei- lo presentó Akai
-Patriarca de la familia Kurama, del Clan Ryu- dijo él, adelantándose a Akai -Sé presentarme solo, hijo- se mantuvo risueño
-Disculpa- apartó un poco la mirada y dio un sorbo de sake. Rose no terminaba de entrever de qué iba todo eso de la familia y el clan, pero de entre todo lo que había leido por internet. Las pintas de ese hombre, ese comportamiento despreocupado, la forma en que deliveradamente eran ignorados y esos guardaespaldas que traía consigo, así como las insignias en las chaquetas de aquellos hombres...
-Mírala, casi como una gatita ante el más temible de los leones- rió divertido Kurama -Tranquila. No estás en peligro- Rose no supo qué decir, no supo qué añadir ¿Eran la mafia japonesa?
-Se dicen muchas cosas de la yakuza, pero la mayoría no es cierta. No del todo. No al menos de la forma en que se cuenta- alegó Akai, confirmando los pensamientos de la chica
-Mi hijo tiene razón. No temas. No pasa nada. Pasaremos por alto ese comportamiento airado de antes- ¿Hijo? ¿Estaba diciendo que ese muchacho, tan extranjero como ella, era su hijo? -Oh, así es. Es mi hijo-
-Kurama Akai. Ya nos presentamos en Nanami- asintió Akai a Rose, que seguía sorprendida
-Espera ¿Nanami?- Kurama la miró -¿Trabajabas allí?- Rose asintió -Entonces... ¿Viste lo que ocurrió?- volvió a asentir y Kurama miró a Akai
-Precisamente porque lo vio, padre, puede asegurar que no maté a ese hombre- ¿¡Matar!? -¿Verdad, Rose?- la chica se hubiese levantado ipso facto y se hubiese ido cagando leches de no ser porque esos dos matones yakuza enormes seguían de pie vigilando que nadie se les acercara, con la pinta más sospechosa del mundo. La realidad la estaba golpeando desde todas las partes posibles. Estaba trabajando en un club hostess, chicas de compañía, anfitrionas, propiedad de la yakuza japonesa. De entre todos los barrizales de mierda en los que se podía haber metido, había acabado en el más grande, apestoso y cenagoso ¡Y no era todo! No contenta con trabajar para la yakuza de forma indirecta ¡Su casi primer cliente era el patriarca de una familia!
-Rose- una mano dura, pero cálida y amable, tomó la suya. Era Kurama, Shohei -Escúchame cielo- terció el hombre con toda la calma que poseía, que era mucha -Puedo entender por un instante que estés asustada. Se te ve. Eres como un librillo abierto, pero no temas ¿De acuerdo? Estamos aquí en calidad de clientes, para pasar el rato. Ha dado la casualidad de que mi hijo estaba aquí cuando he llegado y me ha hablado de ti hasta que has salido maldiciendo los cielos- sonrió galante -Sólo estás aquí para conocernos mejor. Puedes hablar con total tranquilidad- ante aquellas palabras, Rose rompió en una risilla nerviosa. Hablar con tranquilidad a un patriarca yakuza era tan difícil como escalar el Fuji sin pies ni manos -El Fuji eh... ¿Te gusta? Lo dibujaste y ahora hablas de él- Rose lo confirmó -Yo también. Adoro ese lugar. Su simple visionado desde la distancia es tan señorial. Es el verdadero gobernador de este país- ante aquellas reflexiones la chica parecía calmarse. Kurama Shohei no parecía un mal hombre en absoluto, ni era tan molesto como Akai, aunque claro estaba, aquello era personal. El patriarca sin embargo se mostraba cercano y amable como el más cariñoso de los amigos. Daba gusto oirle hablar. Su voz grave y melodiosa. La elegancia que supuraba cada gesto que hacía. Era incluso atractivo con la edad de 50 y algo años que debía tener y aún siendo japonés. Era todo un caballero y por ello, tenía un magnetismo sobrenatural -Quiero preguntarte algo Rose. Algo sobre lo que dijiste antes. Me dejaste muy picado en la curiosidad- dio un sorbo de sake. La chica escuchaba atentamente. No podía evitar no obstante denotar que Akai estaba extrañamente callado y apartado de la conversación. Al parecer, en presencia de Shohei, se empequeñecía como las sombras cuando llega la luz -Antes dijiste que japón no es lo que era- afiló la mirada -¿Qué era antes japón para ti, Rose?- respeto, contestó la chica forma primordial. Respeto, calidez, cercanía. Un lugar idílico aparentemente, donde la educación era inigualable y donde los complejos raciales no eran ni tan remotamente visibles como en Estados Unidos, de donde ella provenía. La delincuencia era algo nimio, minoritario y el bienestar de la ciudadanía era lo principal. Ante aquellas palabras, Shohei la observaba con intensidad, reflexivo. Se llevó un cigarro a la boca. La respuesta de Rose de encendérselo fue instintiva por un momento, como si se muriese de ganas por hacerlo, por satisfacerle. Esa mirada le atravesaba el alma -Un entendimiento admirable, aunque quizá esa visión de japón o de cualquier otra nación en el mundo resulta un tanto utópica ¿No crees?- Rose bajó ligeramente la mirada y reflexionó sobre ello. Si lo pensaba detenidamente, sabía que si japón realmente fuese así ¿Qué haría nadie viviendo fuera de el mismísimo paraiso? Debía suponer que simplemente no tener la suerte de haber nacido japonesa era suficiente para no poder disfrutar de todas las virtudes del país, aunque a veces, parecía que ni para los mismos nipones estaban disponibles toda clase de ventajas -Aún así...- dio una gran calada al cigarro para luego exhalar el humo, reflexivo -Me resulta tremendamente halagador y atractivo, por parte de una chica como tú, que tengas una visión tan agradable de mi tierra- Rose sonrió y agradeció esos pensamientos
-Jefe, Shido al teléfono- dijo el grandullón rapado
-Ahora no, Osamu-
-Dice que es urgente, señor- Shohei frunció el ceño de tal forma que Rose presenció cómo su frente parecía ser un mural que se rompía en pedazos -Es sobre... los cuerpos- Rose se tensó
-Está bien- Shohei y Akai se pusieron en pie ipso factos -Di que vamos al cuartel-
-Hai- el hombre se apartó hablando por el móvil
-Rose, mucho me temo que nuestra velada ha de terminar antes de lo planeado- volvió a sonreir -Pero descuida. Volveré. Y esperaré a que estés disponible para volver a tener una agradable charla con una mujer tan dulce como tú- inclinó ligeramente la cabeza ante la chica -Siempre y cuando estés a gusto con mi compañía, claro- Rose contestó rápidamente a aquel gesto con una compuesta reverencia y, por supuesto, aceptó a Kurama Shohei como cliente con gusto. Era un buen hombre, pese a clamarse a sí mismo un yakuza. Agradable e interesante, cuanto menos -Me alegra oirlo. Buenas noches Rose- metió una mano en la chaqueta y extrajo un fajo de billetes que depositó sobre un platito sobre la mano de Rose. La chica sintió el peso en la mano. Al menos debía haber 50.000 yenes. La chica se sorprendió. Alegó que, según Akai, al ser dueños del local no pagaban las consumiciones y ese sake no valía tantísimo -Ah, dulce Rose- le puso una fuerte mano en el hombro -Todo es para ti. Disfrútalo hasta que nos volvamos a ver, no será muy tarde. Disculpa, una vez más, interrumpir la sesión de esta forma- dicho eso, Shohei tomó camino junto a los guardaespaldas yakuza
-Es un alivio ver que no se tomó a mal esos aires con los que apareciste- Akai tenía las manos en los bolsillos, despreocupado, aunque en sus ojos se veía algo afligido -Imagino que cobrarías mucho menos en Nanami y menos todo eso en una noche. Recuerda que estás aquí porque te "jodí el trajabo"- suspiró -De nada- echó a caminar -Buenas noches Rose- y desaparecieron del local. Rose tenía la sensación, sin embargo, de que de pronto había dejado de ser invisible y era un simple punto de mira pidiendo a gritos ser devorada por perras celosas.
-¿Estáis de coña o qué?- las manos del jefe de policía Yagami se tensaron sobre la mesa. Era un hombre de mediana edad, cerca de los 60. Alguna que otra cana peinaba sus sienes. Los ojos se le veían cargados, cansados. Le dolía la cabeza de darle vueltas al asunto. En apenas una semana la paz en japón se estaba preparando para irse a la mierda y no lo podía permitir, como jefe de la policía de Tokio -¿Realmente esperais a que todo fluya como si fuese agua de río? ¿Os estáis dando cuenta de la situación en la que estamos?-
-Cálmate Yagami- terció un compañero. El jefe de Saitama, Yokohama y Sagamihara se habían reunido para tratar el asunto -Lo resolveremos antes de lo que crees-
-¡No se trata de resorverlo, Kazama!- rugió -¡Se trata de las repercusiones!-
-Yagami tiene razón- terció Kaguro Seito, jefe en Yokohama -Las familias no lo dejarán pasar. Es un acto de provocación-
-Que les den a esos malnacidos- bostezó Kazama, de Saitama -Dejadlos que se maten entre sí y ya está. Nosotros sólo iremos a por los culpables-
-Parece mentira que seas jefe de policía- señaló Yagami -¡Estamos hablando de las vidas de los civiles! La última vez que la yakuza entró en guerra civil hubo decenas de muertos que no tuvieron nada que ver con sus mierdas internas-
-¿Y pretendes coger una pistola y pararlos tú mismo?- Kazama se cruzó de brazos -Sugita opina lo mismo que yo- señaló al jefe de Sagamihara
-Si es necesario, con mi vida, defenderé a los inocentes ¡Esa es la justicia de este país, la que debe existir!-
-Has visto demasiados doramas...- Kazama miró el reloj -Vaya horas. Será mejor que disolvamos la reunión. Seguiremos con la investigación y buscando posibles sospechosos-
-¿Realmente vas a tomarte a broma esto, Kazama? Muertos. Hubo muertos. La sangre aún está en el pavimento. Todo en los distintos territoros de diversas familias del clan Ryu, el clan más grande de japón ¡Piensa, maldita sea! ¡Hasta la familia Kurama está manchada de sangre! No habrá paz. Su guerra interna va a llevar Tokio a la ruina y si aparecen más cadáveres que encima metan en el problema a los otros clanes, su guerra consumirá japón por completo-
-Yagami...- Kazama suspiró, cogiendo su chaqueta y poniéndosela -En serio. Ve a casa y duerme. Llevas sin pegar ojo desde que se encontraron los cuerpos- Yagami se llevó las manos a la cabeza y se sentó en la silla de la sala de reuniones. Kazama y Sugita se marcharon. Seito le puso una mano en el hombro
-Tranquilo Yagami... seguramente lo arreglaremos antes de que ellos lleguen a las armas-
-¿De verdad crees que no están enterados, Seito? ¿Eres tan ingenuo como esos dos? Ya deben de estar buscando ellos mismos a los culpables, maldita sea ¡Y oh, de él, cuando lo encuentren! O de ellos. Yo que sé. Pero estamos hablando de Tokio. De Kurama Shohei- casi se le rompió la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas
-¿Y si le detenemos de forma provisional, hasta que se arregle?-
-¡No hay pruebas, joder!- rugió de nuevo -¿¡Se os ha olvidado como funciona la ley!?- golpeó la mesa -Hace 20 años que Kurama Shohei fue vinculado a un crimen por última vez y ni siquiera pasó por el juzgado, Seito... pero aquellos que se enfrentaron a él pasaron por el hospital y la morgue. Ahora crían malvas en el cementario mientras tú y yo hablamos de repetir esos errores ¿Lo comprendes? La familia Kurama no es temida por nada. Shohei no es temido por nada. Es el mayor sanguinario que ha pisado este maldito país ¡Y pobres de nosotros si llega a ser secretario del clan Ryu algún día!-
-Un sólo hombre no puede ser tan peligroso Yagami. Creo que te estás obsesionando...-
-Obsesionarme... claro...- rió un poco -Será eso...-
-Nos vemos pronto. Cuidate- Seito le dio un par de palmadas en el hombro y se marchó, dejando a Yagami solo. El jefe de la policía de Tokio sacó su cartera del bolsillo de su chaqueta y de la misma, una fotografía de su familia. Una fotografía bastante antigua y algo emborronada por el tiempo en la cartera. Él estaba junto con su esposa Futaba y su hija Makoto. El hombre lloró a solas con sólo recordar. Con sólo imaginar lo que estaba por venir...
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