jueves, 21 de septiembre de 2017

Un par de días después del incidente, todo volvió a la normalidad en la vida de Akai y sobre todo del club. Hanami estaba en perfectas condiciones gracias al yakuza que la protegió y sus beneficios continuaron llegando como si nada. Akai tenía la conciencia tranquila. No era la primera vez, ni la segunda ni la tercera, tampoco sería la última, en que rompería una nariz, una mano o alguna costilla. Era la vida de la yakuza, la vida de las calles, la vida del que camina en la noche, en el amparo de la oscuridad. No obstante él no se consideraba en sí un criminal. No había arrebatado la vida a nadie, jamás. Akai se limitaba a mantener simplemente el honor de su nombre, del nombre de su padre y de la familia Kurama, así como del clan Ryu y sólo por ello, podía dormir tranquilo, sabiendo que simplemente hacía gala del honor y la fuerza que poseía para representar a los suyos. Nunca llegaría a imaginar, no obstante, el gran agravio que aquella paliza a aquel tipo iba a traer sobre sí mismo y la familia Kurama. De haberlo sabido, seguramente hubiese dejado que Hanami hubiese sido violada incluso en el callejón más oscuro y húmedo infestado de ratas.

Era temprano por la mañana. Estaba cansado después de pasar de rondas por Kabukicho, pero tenía una reunión con su padre y los capitanes de la familia. Aparcó el coche en el aparcamiento que la propia mansión de Kurama poseía y tintineando las llaves en su mano se hizo camino hacia la entrada, para luego deambular por el largo pasillo que recorría un hermoso jardín lleno de verde cesped, decorado con puentecitos de piedra sobre un estanque artificial, construido simplemente para embellecer el recinto. A veces era conmovedor para el alma apreciar alguna garza que se permitía el lujo de adentrarse en los dominios de una familia yakuza para darse un buen refresco en las claras aguas del pequeño estanque o para intentar cazar a las escurridizas carpas que Kurama gustaba de alimentar y sustituir cuando morían. Una pacífica afición de un hombre pacífico, cuando se le permitía. Cuando llegó a la sala de reuniones, se sorprendió sin embargo de ver que la puerta corrediza se abría justo antes de que él pusiera la mano encima. Del interior de la sala salió una mujer joven, muy, muy joven. Prácticamente era una chiquilla, debía tener unos 18 o 19 años. Su piel pálida como la nieve brillaba con las caricias del sol. Ni siquiera se percató de la presencia de Akai, pues salió de espaldas, inclinándose en respeto hacia el interior de la sala, donde seguramente, estaría Kurama -Espero noticias, Yuko- dijo la calmada y soberana voz de Kurama
-Hai- dijo la chica en un agradable y dulce susurro, dulce como el azucar -Haré todo lo que esté en mi mano, señor- se mantuvo inclinada un buen rato hasta que fue a deslizar la puerta para cerrarla
-Me temo que no, señorita. Voy a entrar- dijo Akai con tono burlón, sobresaltándola de sobremanera. Incluso profirió un gritito
-Ah, Akai. Pasa hijo- rió Kurama ante la situación -Yuko, no temas. Él es mi hijo adoptivo Kurama Akai- comentó acercándose hacia la puerta para reunirse con ambos
-E-encantada de conocerte- se inclinó reverenciando con honores a Akai -Minami Yuko- dijo su nombre como presentación
-Ah, eh, bueno- Akai frunció el ceño -Tampoco hace falta tanta ceremonia. Encantado y eso, pero no soy quién para...-
-Vamos, Akai. Tienes que aprender a apreciar la cortesía de aquellos que te brindan tantísima educación. Yuko-chan es una excelentísima muchacha ¿Verdad? Una joven sacerdotisa- la tomó de la barbilla con dulzura. La chica le sonrió -Va a serme de gran ayuda-
-Siempre has tenido un mal despertar, padre, pero no pensé que fuera necesario que te exorcizaran- se burló
-Mal rayo te parta, chico- rió Kurama -No viene para ahuyentar mis demonios, no al menos con exorcismos- Yuko rió con dulzura inocente. Akai se fijó en que no era difícil discernir que era una sacerdotisa. Iba vestida con un yukata blanco y un lazo rojo en el cabello, oscuro como la noche. Cualquiera que la viese salir pensaría que quizá el aclamado Kurama Shohei había fallecido o peor, se había convertido en un yokai -Sea como sea, Yuko-chan, espero poder vernos pronto- la despidió, dejándola marchar -Pasa, hijo- ambos entraron a la sala y se dirigieron hacia el punto más interior, donde una ligera plataforma diferenciaba una parte de la sala de la altura original del suelo. Allí solía sentarse sobre un cojín morado el bueno de Kurama, como todo un señol feudal. Para variar, vestía su kimono negro decorado con dragones dorados en la espalda y las mangas. Ante la plataforma, había diversos cojines azules para los invitados, dispuestos en dos filas paralelas extendiéndose hacia la entrada. Akai se sentó en uno de los más próximos a Kurama en postura seiza, sobre sus rodillas. Ya las tenía bien curtidas desde su niñez
-¿Dónde están los capitanes?-
-Aún no han llegado, me pregunto por qué- Kurama se acomodó en la postura seiza también y tomó un abanico blanco, cerrado, que había dejado en el suelo. Realmente parecía todo un shogun
-Supongo que toca esperar... ¿Puedes adelantarme al menos los puntos del día?-
-No es nada extraordinariamente importante, no te preocupes. Simplemente la familia Yagami anda dando un poco de guerra debido al Diamond. Dicen que lo adquirimos aprovechándonos de un problema legal que tenían con el dueño del local. Ja... Menudos pánfilos. Ya quisiera ese malnacido de Souchiro que el Diamond le perteneciera. Uno de los clubs más prominentes de Kabukicho...- Shohei y Akai reían a la vez, mientras el joven se encendía un cigarro
-¿Habrá problemas?-
-En caso de que los haya, imagino que Godaime querrá terciar. Si no, mucho me temo que habrá que sacar los puños a pasear-
-Toda una lástima. Souchiro era bastante amable conmigo cuando era pequeño. No querría tener que partirle la cara- exhaló el humo
-¿Tan seguro estás de poderle a Souchiro? Tendrías que atrevesar un mar de hombres para llegar hasta él. Y ese viejo bastardo es duro como un roble-
-Hasta el árbol más duro se puede talar- volvió a exhalar
-No seas arrogante, Akai. No es lo que te he enseñado. Hasta el hacha más afilada puede perder el filo-
-Entonces lo talaré con los dientes- tras un leve silencio, ambos empezaron a reir ante el comentario, con sólo imaginar la situación de Akai royendo un roble hasta tumbarlo. Entonces, Soichi Ame apareció por la puerta, uno de los capitanes de la familia
-Ah, Soichi. Ya era hora-
-Señor- se le veía agitado -Creo... que hay problemas- miró específicamente a Akai
-¿Qué clase de problemas?-

En cuestión de minutos, se movieron hacia una habitación más común dentro de la mansión para poner la televisión. En las noticias, una reportera comentaba con suma seriedad el caso de un asesinato múltiple que se había dado esa misma madrugada en distintos puntos de Tokio. Todos los asesinados o bien eran hombres de fortuna, o posibles miembros de la yakuza de alta jerarquía, debido a los tatuajes. Las autopsias habían revelado unas muertes horribles, lentas y agónicas, a pesar de que todos presentaban diversos disparos en la cabeza. La policía no sabía aún qué pensar. Sólamente una de las víctimas, Ieyasu Sinosuke, miembro del Ministerio, presentaba distintas heridas, tales como agujeros en la mano derecha y severas heridas en la boca, hechas con anterioridad. Se sospechaba que la yakuza estaba implicada, debido a que los cadáveres estaban repartidos en lugares conocidos como "territorios" de distintas familias y había testigos que habían asegurado que Ieyasu Sinosuke sufrió un altercado en Nerima, en un bar llamado Nanami. La policía estaba investigando -Maldita sea...- Akai apretó los puños -Jefe, yo no he sido. Sabes que no mataría a un tipo por intentar forzar a una de las chicas. Lo habría arreglado de otra forma-
-Ya, ya...- suspiró Kurama -Lo sé, hijo-
-Esto nos pone en el punto de mira- reflexionó Ame -Shido y Koji no han venido debido a esto. Les llamé. Consideré la posibilidad de que cambiara los planes-
-Bien pensado Ame. No es momento de tratar sobre disputas de apropiación de locales cuando tenemos a la policía oliéndonos el culo-
-¿Qué haremos?- preguntó Ame
-Está claro- gruñó Akai -Encontrar a los culpables. Son varios y todos se encontraron de madrugada. Es imposible que sea trabajo de uno sólo. Demasiados kilómetros al rededor de todo Tokio-
-No hace falta que demuestres tus buenas pesquisas de detective, Akai- bufó Kurama -Encontraremos la forma de solucionarlo. De momento, hijo, quiero que hagas una cosa-
-Lo que sea-
-No llames la atención. Mantén un perfil bajo. Sé discreto. Intenta mantenerte alejado de la policía- Akai frunció el ceño
-¿Crees que he sido yo y que me pueden encarcelar por ello?-
-Temo que te quieran culpar por algo que no has hecho, precisamente- lo miró a los ojos -Sé que tus manos no se ensucian más de lo necesario-
-Lo menos sospechoso sería hacer vida normal-
-No, Akai. Confía en mí. Compórtate hasta nuevo aviso. Trataré yo con la policía- Akai se mantuvo en silencio -¿De acuerdo?-
-Sí...-
-Prométemelo. Tendrás cuidado y no harás absolutamente nada que llame la atención-
-...Lo prometo. Joder- gruñó y se marchó, encendiéndose con ansiedad otro cigarro.

La semana transcurrió tal y como prometió, sin llamar la atención, de la policía al menos. Contrariando los deseos de Kurama, abordaba Kabukicho como un auténtico demonio. Si se cruzaba a alguna panda de gallitos que iban más bebidos de la cuenta y le miraban mal, o le insultaban por no ser de sangre japonesa, los arrastraba hasta los oscuros callejones que había entre los distintos negocios y allí hacía de ellos unas deliciosas papillas de japonés molido. A uno llegó a dejarle la cara tan hinchada que no le reconocería ni su madre en los próximos días, y sólo porque al pasar por su lado le rozó con el brazo y no le pidió disculpas. Akai estaba descontrolado. Estaba furioso. Aquello no era algo común. Debía de ser una estratagema de alguien y, curiosamente, se estaban aprovechando de lo que ocurrió en Nerima, bien para quitarle a él de la partida o para poner a la familia Kurama bajo vigilancia policial, lo cual dificultaría muchos movimientos y negocios. Desquitarse a base de golpes fue algo que le ayudó en mayor medida. Dejar la rabia salir, fluir como el agua que bajaba del río y después fumarse un cigarro. Aquello era el paraiso. O lo era, hasta que por fin recibió un mensaje de texto. Debía de ser aquella chica, pues lloriqueaba por trabajo. Secamente le indicó lo que hacer. Por ese día ya sólo tendría una sonrisa en la boca. La desgracia ajena también podía ser un buen consuelo. Por ello, la noche siguiente, a altas horas, hizo acto de presencia en el Diamond. El local estaba casi desbordado. Había clientes por doquier, y sin embargo no veía a aquella chica, Rose, por ninguna parte. Decidido a dejar atrás su mal humor, pidió al bueno de Matsuda que le informara si Rose estaba presente y que, en caso de que estuviera disponible, se presentara en la mesa 13. Akai se sentó con total comodidad y esperó cigarro en mano, humeante, hasta que oyó unos apresurados pasos acercarse. Ya estaba sonriendo con imaginarse la cara de la chica. La oyó disculparse por la espera y, humilde, dar las gracias por solicitarla. No tenía ni idea de qué esperaba la buena de Rose, pero se quedó helada al verle -A las buenas- sonrió socarrón. La chica se preguntó qué estaba haciendo ahí -¿Que qué hago aquí? Rose ¿no?- realmente recordaba su nombre perfectamente -Este local es casi, casi, mío- mintió -Puedo venir y hacer cuanto me plazca. Y me apetecía verte. Quería saber qué tal te iba la noche ¿De lujo, no?- Rose pudo ver clarísimamente esa sonrisa cargada de maldad y esos ojos brillantes rebosando picardía. Le estaba buscando las cosquillas -Cuéntame, preciosa. Siéntate y tómate algo conmigo- dio unas palmaditas en el sofá, a su lado -He tenido unos días muy, muy duros y me viene bien algo de compañía y calor. Voy a ser un magnífico cliente. Espero no ser el primero- volvió a sonreir, torciendo los labios a la vez que daba una carismática calada al cigarro. Rose podía decir que estaba acostumbrado a esa actitud. No. Esa era su actitud, no estaba actuando. Intimidante. Ese hombre llamado Akai había nacido y estaba hecho para ser intimidante. Le funcionaría tal vez con quien fuera que tratase, pero Rose no era, precisamente, una ciudadana japonesa media. La noche prometía ser larga.

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