lunes, 25 de septiembre de 2017

Rose frunció los labios conforme se sentaba en el sillón, lo más alejada que su nuevo oficio le permitía que aquel peculiar y desagradable cliente. -¿Y tienes por costumbre pasar las noches con tus propias empleadas? Eso en Estados Unidos es considerado... peliagudo- apuntó con los ojos entornados. Akai sonrió acabándose el cigarro, aclarando de forma aburrida, que ella no estaba en Estados Unidos, sino en Japón. Rose chasqueó la lengua en silencio, incómoda. Preferiría mil veces sonreír y reír las gracias a los clientes japoneses que había estado observando esas noches antes que a ese tipo. -¿Qué demonios quieres?- El hombre la miró arqueando una ceja, preguntándose si aquella era la manera apropiada para tratar los clientes. -¿Tú tuviste una manera apropiada de pasar la noche en un local el otro día?- le rebatió. Akai, ajustándose la chaqueta, explicó que se andara con cuidado, no por él, sino por el trabajo, pues podía perderlo otra vez por culpa de su comportamiento -Trabajo que tú mismo me quitaste- apuntilló. El silencio hizo que a Rose se le volcase el corazón. La imagen de él pegándole una paliza a aquel hombre no se borraba de su mente, sabía con quien estaba tratando y no podía imaginar en qué momento podría volver a ponerse así de violento. Quizá iba a ser en ese momento. Rose incluso se alejó un poco. Pero, finalmente, el hombre se inclinó hacia delante en la mesa y tomó la carta de bebidas. Con la cara oculta desde la posición de la chica, le preguntó que debía beber. -Lo más caro- dijo sin más, provocando que el hombre volviese a mirarla -Es lo que me han dicho que siempre intente hacer aquí. Pero, este sitio es tuyo ¿No? Tú ya lo sabes- se explicó. Akai volvió a dejar la carta en la mesa y con un simple gesto de manos, consiguió que uno de los numerosos camareros le atendiese rápidamente.  Pidió, efectivamente, la botella de sake más cara que existía en el catálogo. Una botella que costaba tanto como su anterior sueldo mensual. Cuando el camarero se fue, Akai confesó que por ser el casi el dueño del local, no le cobrarían la botella. Podría decirse que estaba ya comprada por él, dadas las inversiones que se realizaban. Si lo que había buscado era sacarle los cuartos, no lo había conseguido -No, pero, a cambio, eres tú quien me invita a una lujosa botella de sake. Y yo no pago por ella- finalizó por decir, cruzando las piernas bajo el vestido rosa. No le soportaba.

Cuando la botella llegó, ni si quiera consiguió romper el silencio que se había formado entre ambos. Rose la tomó y durante un rato, estuvo intentando descorcharla. Como no pudo, Akai se la quitó de las manos, y valiéndose de un solo dedo pulgar, consiguió que el corcho saliese disparado. Quizá por ser amable, o por humillarla, él mismo sirvió el líquido en las copas, cosa que debería haber hecho la chica. -¿Piensas estar mucho rato aquí?- Toda la noche -¿Y por qué no te pides otra chica y me dejas en paz?- El hombre lanzó una mirada lenta a todo el local, afirmando que estaban todas ocupadas, incluso aquella a la que señaló. Rose siguió la dirección de su dedo. Estaba señalando a una chica la cual Rose juraría haber visto antes. Akai preguntó si la recordaba. -Llevo dos noches aquí ¿Quien te crees que soy?- Pidió que la mirase mejor. Por suerte, la chica estaba entretenida agradando la noche a tres clientes a la vez, los cuales ya estaban prácticamente borrachos. No se dio cuenta de como ambos la miraban. -¿Quien es?- La chica que estaba con el hombre a quien él le propinó una paliza. Rose frunció el ceño y luego le miró. -¿Ella te gusta?- Akai la miró perplejo, sacándose un nuevo cigarro de la cajetilla. Explicó que no estaba entendiendo nada. -Pero...- Se colocó el cigarrillo entre los labios, no sin antes decirle que pensara mejor. Al ver que no se lo encendía él mismo, Rose dedució que quería que se lo encendiese ella misma. Era algo común en el club que las chicas encendiesen los cigarros a los clientes. Rose rebuscó en su pequeño bolso hasta dar con el mechero, sin dejar de pensar sobre a qué se estaba refiriendo. Cuando lo encontró, lo acercó a su boca. -Tú estabas aquella noche allí, pero ella no estaba contigo- Él asintió cuando Rose prendió la llama -¿La vigilabas? ¿El otro hombre era un cliente y tú la vigilabas?- El hombre no respondió mientras le encendía el cigarro. Mientras, la chica pudo observar la leve presión con la que sus labios sujetaban aquella droga para los pulmones. Un acto tan normal, que en él, le pareció elegante, por alguna razón. Tanto como cuando dio una calada y soltó el humo lentamente. Se fijó en su garganta, en el movimiento de expulsión. Y de repente, contestó que así era. Explicó que aquel cliente se estaba tomando demasiadas libertades con ella, y siendo aquel local suyo, se veía responsable tanto del cumplimiento de las normas como del bienestar de todos los empleados. -¿Y... y por qué no tenéis seguridad? No, no. Mejor aún. En vez de hacer aquello en un local que no era el tuyo ¿Por qué no llamaste a la policía?- Akai la miró de reojo de una forma que casi dio escalofríos, pero no contestó y Rose sintió que no debía insistir. Guardó el mechero y se cruzó de brazos. Aunque quizás, en el fondo, el ataque violento de aquel hombre pudiese traducirse en un gesto noble, a Rose no dejaba de darle mala espina. Había leído demasiadas cosas raras por internet y en aquel momento, no se sintió demasiado segura.

De repente, los hombros de Akai parecieron relajarse aún más en torno al sillón. Sin falta de piropos, quiso saber qué tal le iba. -¿Otra vez estás ligando conmigo? Casi preferiría que no lo hicieras- El joven soltó una sonora carcajada ¿Ligar? Sólo hacía lo que los demás clientes hacían allí -Babear- añadió la chica. De repente, Akai pareció acordarse de algo. ¿Donde estaba la tarjeta de Rose? La chica se puso nerviosa -¿En serio quieres que te la de?- Quería saber todo sobre sus empleadas. Rose bufó y volvió a rebuscar en su bolso. Tomó la primera tarjeta que encontró y se la cedió. Cuando él ya la tuvo en la mano, se arrepintió -¡Espera! ¡Esa no es!- quiso quitársela, acalorada, pero no lo consiguió. Akai ya la estaba observando. Apuntilló que aún no estaba su foto, pero que Chiyo le parecía un nombre la mar de adecuado. Cuando le dio la vuelta a la tarjeta, Rose quiso que la tierra la tragase. -Ay Dios...- Akai contuvo la risa. Debajo de la lista de gustos de la chica, había un dibujo del Monte Fuji hecho a lápiz, cuidado y sencillo. -Me aburría ¿Vale? Anoche no tuve clientes- Akai sonrió satisfecho al acertar y adivinar, que él era su primer cliente. -Dámela ya- Quiso cogerla, pero una vez más, no pudo. El joven la sostuvo en alto y leyó en voz alta sus gustos. Viajar, tener buenas amistades y pintar. Lo de pintar estaba más que claro. Rose se sintió humilladísima, por ello se puso en pie tras coger su bolso y se marchó -Voy al baño-

La chica estuvo al rededor de treinta minutos sentada sorbe la tapa de uno de los retretes del baño. Oía pasar a las chicas que entraban y salían para hacer sus necesidades. Se quejaban de tener clientes un poco aburridos. Otras se alegraban de tener clientes que les habían pagado de más para que se comprasen un bonito vestido para la próxima vez. Sonaban tan tontas... tan infantiles... Rose no se sintió a gusto. No... Japón no era lo que le habían prometido. Estaba claro que no. Tras aclararse un poco el rostro con agua, a pesar de que su maquillaje desapareció, pensó con claridad. Mirándose en el espejo, decidió que volvería a casa. Le diría a sus padres que ella no podía tener la vida que ellos querían, que Tokio era una ciudad asquerosa y que incluso en Estados Unidos apreciarían más sus dibujos que aquí. Tomó aire y lo echó. Sólo quedaba despedirse de aquel tipo.

Al llegar de nuevo a la mesa, se encontró con que Akai estaba acompañado de otro hombre más mayor que él. Sonreían y bebían de aquel sake. El joven fue a hablar, pero Rose ni si quiera se sentó y procedió a interrumpirle -¿Qué? ¿Te has traído a un amigo para que también se ría de mi? ¿Ese era tu plan? ¿Pasar la noche humillándome? ¿No estabas satisfecho ya? ¿Pues sabes que te digo? Que me voy, estoy harta de ti, de los tíos como tú y de Japón. Japón se ha convertido en una grandisima mierda. Japón no es lo que era- gruñó, provocando que ambos hombres se quedasen sin palabras -Que te vaya bien humillando a otras. Ojalá un día tengas tantos problemas como la gente a la que atacas- fue a marcharse, pero entonces regresó y tomó la botella. Bebió tanto sake como pudo para después arrepentirse. Era enormemente fuerte y ella no acostumbraba a beber. Tosió como si le hubiesen dado un golpe en el pecho. -Quédate la puñetera tarjeta de recuerdo- terminó por decir, para luego marcharse. Tenía que volver a casa... tenía que hacerlo ya.

No hay comentarios:

Publicar un comentario